El Diario del Fin del Mundo

Miercoles 19 de Junio, 2013

AÑO XIX - Edición 04483

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06/07/2012 | OPINIÓN
OPINIÓN

El bombardeo en primera persona

Por Oscar Fappiano
Jefe de Fiscales de la Provincia
(Especial para el diario del Fin del Mundo)
Por Oscar Fappiano - Jefe de Fiscales de la Provincia
(Especial para el diario del Fin del Mundo)

Hace pocos días se cumplieron 57 años del trágico bombardeo a la Plaza de Mayo, ocurrido el 16 de junio de 1955. Me tocó por azar ser partícipe directo, aunque involuntario, de aquel suceso, mientras cumplía el servicio militar obligatorio en dependencias que el Ministerio de Defensa tenía asignadas en la Casa Rosada.
Mi destino específico era la Secretaría de la Cartera de Defensa, cuyo titular era el General Sosa Molina. Las oficinas estaban ubicaban en el ala de la Casa de Gobierno que va desde la entrada principal de Balcarce 50 hasta la calle Hipólito Yrigoyen y cuyo frente da a la Plaza de Mayo.
De mis compañeros de conscripción y de esta inesperada aventura recuerdo los nombres de Baré, estudiante de medicina, Gobet, otro estudiante que trabajaba en las bodegas “Trapiche” (así que podrán imaginarse cómo celebraron el haber salido con vida del trance) y Martínez, un “bacán” que venía a hacer el servicio militar en un Mercedes Benz de aquél entonces.
Para ese 16 de junio se había anunciado la realización de un homenaje a la bandera y a su creador, Manuel Belgrano, por parte de la Fuerza Aérea. Por eso cuando por la mañana moradores de la Casa Rosada y transeúntes que, por una razón un otra, circulaban por el lugar, vieron aparecer en el firmamento una escuadrilla enfilando a la Pirámide de Mayo, nadie se sorprendió. Al contrario, al oír el ruido de los motores, se detuvieron y alzaron su mirada para contemplar mejor el homenaje anunciado.
Menudo fue el asombro de todos cuando de los “Catalina” (así se llamaban los aviones que eran de la Marina) que surcaban el cielo cayeron las bombas y a la bulla que metían sus motores se unía el golpeteo estremecedor de sus ametralladores escupiendo fuego y destruyendo baldosas, césped, mampostería y todo aquello que encontraba a su paso, así sea un ser humano.
Recuerdo que estando apostado en la puerta vecina a la esquina de Yrigoyen y Paseo Colón (hoy entrada al Museo de la Casa de Gobierno) vi venir desde la Plaza de Mayo, con el paso ligero –casi corriendo– a causa de la pendiente que allí existe, a un hombre mostrando el desconcierto en sus ojos, con cara de no entender nada, tomándose el vientre con sus dos manos ya cubiertas de sangre y por cuyos resquicios asomaban parte de sus intestinos. El hombre cayó muerto a poco metros mío, sin darse cuenta que se moría. Es que no sólo él, sino nadie de los presentes, podían creer cuanto veían.
Las bombas que cayeron en la Casa Rosada no explotaron, pero igualmente causaron muertos y destrozos de consideración en virtud de la estructura del viejo Fuerte de Buenos Aires, levantado en la época virreinal. Según contaron los profesionales que luego encararon su refacción, sus alas estaban sostenidas en sus extremos solamente (lo que comprobamos posteriormente al examinar más detenidamente las “paredes” que dividían las distintas oficinas existentes: no eran de ladrillo ni cosa que se le parezca, sino de un material muy frágil pues se rompía a poco que se lo golpease). Por eso las bombas al caer, si bien no explotaban, provocaban el derrumbe entero de los pisos altos sobre la planta baja. Fue así que una de ellas, que dio en el ala interna donde estaba instalada la División Comunicaciones de Aeronáutica, causó ese efecto, produciendo la muerte por aplastamiento de militares y soldados conscriptos que allí trabajaban. Desde las ventanas que dan a un patio común pudo observar los destrozos y sus nefastas consecuencias, sin poder hacer nada por ellos.
En el subsuelo de ese mismo patio interior estaban los baños para el personal, ventilado por una gran claraboya. Un artefacto de esos cayó en el patio produciendo el consiguiente hundimiento del piso. Disipado el fragor causado por el choque y el derrumbe, se oyó una voz trémula pidiendo auxilio: Era el suboficial Montenegro que, aunque magullado, había salvado milagrosamente su vida entre las ruinas del baño.
Las bombas que estaban destinadas a las oficinas del Ministro de Defensa, tampoco explotaron, razón por la que pude vivir para contarla. Una dio en el marco de una puerta ubicada en Balcarce casi esquina H. Yrigoyen, cayó a la vereda y allí quedó, descansando mansamente con un aire indiferente de inocencia, mientras desde adentro soldados y militares, sin distinción de jerarquías, la contemplaban pensando cuándo iba a explotar y haciendo cruces para que no lo hiciese. Otra dio en la vereda y tampoco explotó. El imploro había dado resultado. Ambas fueron inmortalizadas por el periodismo con sus fotos.
Un compañero de conscripción que había salido de la Secretaría Privada en comisión de servicio, fue interceptado por un suboficial de Marina que, guarecido detrás de una de las columnatas de la Recova de Leandro N. Alem, accionaba su ametralladora contra la Casa de Gobierno, ordenándole bajo amenaza que sirviera el arma. El drama vivido por este muchacho no tenía parangón: no podía decir que estaba ayudando a disparar contra sus propios compañeros. Se asemejaba a la trama de una de las novelas de Sartre que su autor ubica durante la “Resistencia” a la ocupación alemana de Francia en la Segunda Guerra Mundial. Pero, claro, esto último era ficción y lo suyo realidad. Una ráfaga disparada desde la Casa de Gobierno dio en el cuerpo del suboficial e hizo volar su jineta; circunstancia que aprovechó nuestro compañero para salir del aprieto situacional y unirse a nosotros, arma y jineta en mano.
Dada la orden de evacuación después del ataque, pudimos comprobar cómo había quedado la Plaza de Mayo y sus alrededores, puesto que desde el interior de la casa no podíamos hacerlo atareados como estábamos en salvarnos del bombardeo y la metralla. Asomarse a las ventanas que daban a la calle Balcarce, no era aconsejable porque los “Catalina”, viniendo desde la Avda. De Mayo aproximadamente, disparaban su mortífera carga contra la Plaza de Mayo y los ventanales de la casa. Los aviones abrían fuego y bombardeaban desde el Río de La Plata hasta cercanías de la Avda. 9 de Julio; allí daban vuelta y nuevamente a bombardear y ametrallar y así sucesivamente hasta descargar totalmente su mensaje de muerte y destrucción para emprender viaje a Uruguay en busca de asilo político. El Mercedes Benz del soldado Martínez fue el vehículo usado para transportar a los soldaditos, propósito frustrado a medias porque al llegar a la altura de Avda. Las Heras esquina Pueyrredón, el noble motor dijo basta, trabado su andar no por el impacto de algún proyectil sino por la tremenda cantidad de polvo que levantaran las bombas y la metralla al caer (estuvo estacionado frente a la Plaza de Mayo). Ese inconveniente permitió comprobar que los lugares blanco de los ataques no eran tan azarosos. Efectivamente, sobre la Avda. Pueyrredón antes de llegar a Las Heras, viniendo desde Avda. Libertador, existía un viejo edificio donde funcionaba una pizzería a la que concurrían dirigentes de trabajadores a la salida de la clase de formación sindical que se daba en la Facultad de Derecho en su nuevo edificio de la avenida Figueroa Alcorta. Pues bien, la antigua casa donde se reunían esos trabajadores, a comer y departir después de las clases, había sido destruida por los proyectiles. No les pasó nada a los compañeros pues las reuniones se daban al caer la tarde luego de la asistencia a clases, en tanto que el alzamiento armado duró hasta las primeras horas de la tarde, aproximadamente; pero el “mensaje” era lo suficientemente explícito.
Al día siguiente comenzaron las tareas de limpieza y reconstrucción de la Casa Rosada. Al encararlas, se nos dio por hacer algunas comprobaciones; por ejemplo, averiguar la trayectoria de algún proyectil de la ametralladora de un avión, que había penetrado en el interior del edificio perforando el marco de la ventana que daba a la Plaza de Mayo, una mesa ratona de madera maciza (no como las de ahora de aglomerado) y que concluyó su periplo letal agujereando el piso también de buena madera. Unimos todas estas trazas con un hilo y sentamos al mayor Goletti Wilkinson en su lugar habitual. Su rostro cambió de talante y se le cayó la pipa de sus manos: su cabeza levantó el hilo conductor, por lo que de haber estado sentado en su lugar habitual, el proyectil se la habría destrozado.
De entre el mobiliario desparramado en los patios cubiertos, pero que provenía del área que da a Paseo Colón y Rivadavia, donde estaban ubicadas las dependencias de Presidencia, un sillón ostentaba el Escudo Nacional perforado.
Luego de otras experiencias por el estilo, se nos fue las ganas de continuar en ese cometido.
En ese trance conocí personalmente al Presidente Perón que recorría las derruidas instalaciones alentando al personal abocado a la tarea.
Como soldado yo llevaba un plumero grandote como arma (contra el polvo, claro está). Imagínense la voz con que grité el consabido ¡atención! Y cómo hice el saludo militar al General. Menos mal que éste comprendió el embarazo de un muchacho veinteañero que por primera vez y en una situación semejante, se topaba con un Presidente, y que ese Presidente era nada menos que Perón, sino todavía seguiría haciendo saltos ranas. Menos mal que me encontró con el plumero en armas y no con un tremebundo vidrio de tamaño a tono con las enormes puertas y ventanas que tiene la Casa de Gobierno, que rato antes cargaba para instalarlo en una de las tantas que por los cimbronazos y trepidaciones los habían perdido.
No iba a ser la única vez que la agitada vida política de Argentina, vinculase su existencia, la Casa de Gobierno y episodios de similar tenor. Pero esa es otra historia.

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