Colaboración - Crónicas de un estudiante en Bs. As.
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Pablo Nardi, especial para
el diario del Fin del Mundo
El título ya adelanta parte de lo que tengo para relatar en estas breves líneas: soy un joven fueguino, como cualquier otro, que ha decidido emprender un éxodo hacia la Gran Ciudad, a fin de estudiar una carrera universitaria.
Hice mi bolso y, sin mirar atrás, me subí al avión. Viajé portando una bermuda y una remera, haciendo honor a esa creencia que tenemos los fueguinos de que cualquier lugar situado al norte de nuestra ciudad posee altas temperaturas. Prefiero no detallar el frío que padecí durante el resto del día.
Al aterrizar, me encontré con un aeropuerto de dimensiones enormes, como casi todo en aquella ciudad. No obstante eso, lo más extenso y eterno (si es que puede medirse la eternidad) y de lo que primero me percaté, es de los sistemas de transporte.
Antes de salir, un amigo de Ushuaia me había indicado que tome el colectivo que va a Retiro. “De una”, le dije ingenuamente, con esa manera tan execrable que tenemos los jóvenes de hablar.
Salí a la costanera suponiendo que las líneas de colectivos eran tres, como en nuestra ciudad. Craso error: habían tantas líneas como renglones tiene una hoja, y la confusión comenzó a imperar en mí. Tomé un colectivo al azar, y le pregunté al chofer si iba a Retiro. Su respuesta fue un gruñido incomprensible.
Hesité unos instantes, y la señora que estaba atrás mío, en la fila, me susurró algo. “Sí, ya me subí” le contesté. Luego entendí que se refería a que es necesario usar la tarjeta SUBE para pagar el viaje. A falta de una propia, me prestó la suya.
Me senté al fondo de todo, para no tener que ver la cara del antipático colectivero. Pasaron dos horas y el vehículo, que antaño rebalsaba de pasajeros como el Náutico en una víspera de feriado, empezó a vaciarse, y comencé a sospechar que algo andaba mal. Finalmente el chofer me dijo que “terminó el recorrido”, con una voz similar a la del Coco Basile.
Me bajé en un lugar ignoto, y me sentía perdido como la primera vez que fui al Cerro Castor, con la sutil diferencia de que en vez de respirar nieve respiraba humo de los autos, olor a basura y permanentes bocinazos.
Para llegar a Retiro, tuve que tomarme un taxi, cuyo viaje duró otras dos horas y costó poco menos que unas vacaciones en Hawai. Después de esta odisea, ante la cual el mismísimo Ulises trastabillaría, me he dado cuenta de que amo a mi querida Ushuaia, más de lo que creía.