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or Gabriel Ramonet, periodista de la redacción de El diario del Fin del Mundo
El cumplimiento de los sueños y de las hazañas deportivas suele generar reacciones similares por parte de quienes los miran desde afuera. Se puede vivirlos como si fueran propios, o denostarlos, porque reflejan lo que nunca seremos capaces de hacer.
Está escrito que atravesar como partícipe la aventura de algún sueño ajeno no sólo enriquece el alma del co-soñador, sino que alimenta las esperanzas, las expectativas y las ganas de llegar a las metas propias.
Los viajeros por el mundo, esos que un día dejan todo para encarar maratones geográficas, destacan siempre como principal cosecha el acompañamiento de quienes se van sumando, pueblo por pueblo, al proyecto que, de esta forma, deja de ser individual y va transformándose en un sueño compartido.
El matrimonio que une Ushuaia con Alaska en un auto antiguo, el ciclista que pedalea hasta el Ecuador, o el caminante que recorre el continente, nunca llegan solos a sus objetivos. Detrás de ellos están las almas de todos los que apoyando al soñador, soñaron también un poco.
Por otra parte, en un mundo teñido de sospechas, las gestas más auténticas y perdurables que van quedando son las deportivas.
Los héroes de nuestros tiempos ya no desenfundan sus espadas para luchar por la libertad de los continentes, ni cruzan enfermos las cordilleras. La realidad se ha convertido en un compendio de intereses mezquinos, donde escasean cada vez más los sacrificios personales, los renunciamientos históricos y la lucha contra la adversidad.
Sólo aquel que ha sometido su cuerpo a un esfuerzo físico y espiritual de cierta magnitud, puede entender lo que significa el desafío de redoblar esa apuesta hasta más allá de los límites imaginables.
¿Cuántos de los que están leyendo ahora han probado lo que se siente correr veinte minutos seguidos? ¿Cuántos han pasado la barrera de los cuarenta minutos, de la hora, de la hora y media?
Los que sepan qué sucede con el ritmo respiratorio, con las articulaciones, con el tono muscular, pero especialmente con la lucha interna entre un cuerpo fatigado que pugna por volver al reposo y el espíritu que indica seguir un poco más, sólo ellos podrán entender de qué se trata esa batalla, donde no hay excusas, ni mentiras, ni posibilidad de echarle la culpa al otro.
Sólo los que conocen o han experimentado, aunque más no sea circunstancialmente, este tipo de experiencias, podrán entonces imaginar lo que implica correr 30 kilómetros diarios durante una semana seguida.
Si el intendente Federico Sciurano no fuera un político, sino un simple tipo de 44 años diabético insulinodependiente, seguramente su desafío hubiera generado un nivel de popularidad y de simpatía mucho mayor.
“Lo eligieron para gobernar la ciudad, no para cumplir hazañas deportivas”, se escucha y se lee en las redes sociales por estos días, en ese tono lacónico mezcla de descalificación sin sentido pero también de una dosis de verdad.
Es cierto, lo votaron para ser intendente. Para que la ciudad tenga un buen servicio de transporte, calles asfaltadas, infraestructura deportiva y política cultural. También para que la basura se recicle y no se entierre.
Pero es esa misma circunstancia la que torna todavía más atractivo, desafiante y arriesgado el proyecto de la ultramaratón. Lo que establece ese nuevo obstáculo indeleble que también deberá sortear Sciurano.
Imaginemos una lesión inesperada, una situación climática extrema o cualquier otro inconveniente imprevisto durante la carrera. Agreguémosle ahora la posibilidad de un problema de gestión serio durante su ausencia, algo que pudiera necesitarlo presente y que lo obligara a la disyuntiva de abandonar el proyecto para atender un requerimiento urgente de la ciudad.
Por todo ello, la ultramaratón del intendente para llegar desde Ushuaia a Río Grande reúne todos los ingredientes que necesita un gran acontecimiento: el simbolismo del que pretende cumplir un sueño alimentado por la energía de otros que lo viven como propio; el valor de la hazaña deportiva, que conlleva un sacrificio corporal y espiritual extremo, y que implica el desafío de enfrentarse a lo inesperado; y el riesgo político subyacente, erigido en un obstáculo invisible pero siempre presente, un fantasma de aparición segura que se dejará ver nítido, ya sea para coronar él éxito como para subrayar cualquier mínimo fracaso.
Por ahí suene exagerado, tal vez lo sea, pero nos parece que se juega mucho el intendente con esta prueba atlética. Se juega un sueño, una gesta deportiva y también parte de su carrera política.
Y quizás por ese riesgo que asume, por ese intento de hacer algo distinto que se salga de las conductas normales y esperables, en un mundo cada vez más acostumbrado a los límites, al tedio o la rutina, es que la propuesta de la ultramaratón nos parece de lo más saludable.
Asistimos perplejos a la gestión de gobiernos revolucionarios que prometían (entre otras cosas) innovar en las formas, ser distintos en el modo, correr los límites de las relaciones, reinventar, romper moldes, cambiar paradigmas. Y que al cabo de un tiempo se convirtieron en ovejitas obedientes en el rebaño de lo establecido, de lo ya dado, de lo que no se puede cambiar.
En ese contexto, cualquier intento de transgredir lo mismo de siempre, por más simbólico y efímero que pueda resultar, merece nuestra máxima atención y respeto.
El mínimo de los riesgos vale mucho más que el mayor de nuestros conformismos.