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Gabriel Ramonet, periodista de la redacción de
EDFM
(A propósito del Centenario del Club Atlético Témperley, cumplido ayer)
Éramos blancas y sin dibujos. Más cuerina y menos silicona. Pesábamos lo mismo que ahora, pero en el aire de la noche nuestras parábolas eran más previsibles.
Si cambiábamos de dirección en vuelo, lo hacíamos con la armonía de un ave empujada por el viento, y nunca como ahora, en que gustan de zigzagueos atolondrados como mosca de verano.
En mi época disfrutábamos de seguir la trayectoria. Percibíamos la maestría del impulso y sabíamos en ese mismo instante que nuestro destino estaba sellado. Era subir de golpe como dando un salto. Trepar sigilosas por sobre las cabezas más altas de la barrera, y cuando parecía que nos habíamos pasado, regresar como una flecha embravecida hasta colgarnos de un ángulo y besar la red.
No éramos las únicas que sabíamos lo que iba a pasar antes de llegar al arco. Los que conocían nuestros secretos también lo sabían. Como el uruguayo Lacava Shell, que te entraba con todo el pie zurdo y en cada centímetro de contacto te daba una orden precisa, un mensaje, un mandato inapelable.
Pero mi historia no es la de un virtuoso. Mi gloria no fue la soñada. Recuerdo sí que era de noche. Era diciembre y hacía calor. La cancha de Huracán no estaba bien iluminada o el paso de los años ha ensombrecido la escena.
Detrás del arco no cabía un alfiler. Eran miles de almas vestidas de celeste, sin lugar donde moverse, saltando y sufriendo a la vez. Era un pueblo entero detrás del arco. Una muchedumbre afónica y al límite de la resistencia. Lloraban algunos, otros no querían ver.
Se habían aguantado los penales en La Plata. El día que les coparon la tribuna visitante y hubo miles de obligados a gritar los goles de Gimnasia.
Se habían bancado las piedras en la cancha de Chacarita, el tiro en el travesaño de Piris que les habría evitado aquel sufrimiento final.
No daban más los hinchas. La tribuna pedía cualquier cosa que detuviera esa agonía. Morir si fuese necesario, pero no sufrir más.
Y yo los miraba desde el centro del área. Blanca y expectante, como un marinero que aguarda instrucciones.
Decidí no mirar a mi ejecutante. Me entretenía más detenerme en las caras moribundas de los que saben que llegó su hora. Soñé por unos instantes en un guante que me acariciaba y me hacía volar hasta los piolines. Pensé en la magia del uruguayo, en la potencia del tano Spattaro, en la revancha de Piris.
De repente, enmudecieron las hinchadas, enmudecieron los jugadores, enmudeció la noche entera.
El arquero, que también estaba mudo, pero de nacimiento, caminó hasta el área.
Me acomodó con sus guantes sobre el pasto, más acostumbrado a saques de arco, que a definiciones desde los doce pasos.
Justo él, que tantas veces los había evitado, ahora estaba obligado a hacerlo.
El silencio era atroz. Hasta los más religiosos dejaron de rezar para ver la escena.
El mudo Cassé tomó carrera y al llegar hasta mí, pateó la tierra. Una mata de pasto voló por el aire y el envión apenas alcanzó para que yo empezara a rodar con lentitud exasperante.
Creí que nunca llegaría al arco, que me iría desviada, que el arquero me esperaría sentado tomando una Coca y leyendo el diario.
Pero no. El otro guardameta se había desplomado hacia los suburbios del palo más lejano, mientras yo aprovechaba mis últimas fuerzas para tratar de llegar a destino.
Traspasé la línea de gol por obra y gracia de un soplido mágico. Fue como si la gente en la tribuna hubiese aspirado al unísono para darme un poco más de energía.
La cancha explotó como un big bang. El mudo Cassé regresó al mediocampo con la suficiencia del que no tiene idea de lo que ha pasado.
Encima después le atajó un penal a Hrabina, y el “ruso” Dabrowski completó la obra colocándome como los grandes, a la izquierda del arquero, mientras su cuerpo espigado se inclinaba hacia el lado opuesto.
En la tribuna, mezclado entre la multitud, un chico de 12 años se abrazaba con su padre.
Era la primera vez que veía a Témperley ascender a la máxima categoría del fútbol profesional. Y aunque no lo sabía aún, se había enamorado para siempre de una camiseta pintada de celeste.