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Norman Munch
“Yo no pego, hago justicia”.
Tajante, el Rengo le dejó en claro al Negro Agüero cómo era la cosa, y le sostuvo la mirada hasta que el 10 de Auxilio Miguelito, haciendo una mueca, ladeó la cabeza.
“Cuando a ustedes les pegan nosotros los de atrás pegamos; a vos el 2 de ellos te entra y mientras te quedás quejándote y pidiendo amarilla, en la jugada siguiente yo voy y lo emboco”, sentenció sereno pero firme, sin dar lugar a respuesta alguna.
La mayoría asintió en silencio. Cachín, el Patón y el Feo Ostúa, los delanteros del equipo, largaron un escueto “es verdad”, en apoyo al Rengo.
Es que el Rengo estaba harto de las cargadas de Agüero. De tanto oírlas, práctica tras práctica, se había llenado las pelotas. “Rengo, le pegás hasta a tu vieja”, “Rengo, andá a comer alfalfa”, “Rengo, tenés los pies redondos”.
La verdad es que el Rengo nunca hizo gala de ser un Marangoni o un Redondo. Es más, era consciente de sus limitaciones y esa era su mejor virtud. No lucía pero tampoco desentonaba. Siempre bien ubicado, cumplía sin ostentación su rol de 5. Cortaba y jugaba a un toque buscando al 8 o al 10, se mostraba para apoyar en la salida a los marcadores de punta, relevaba al que pasaba al ataque, quedaba de último cuando los centrales iban a cabecear, ordenaba al equipo con un par de gritos, y hacía justicia cada vez que fuera necesario.
Pero rara vez su tarea era reconocida pese a que terminaba los partidos con las piernas en carne viva de tanto ir al piso, con las rodillas ensangrentadas y con algún tapón marcado producto de la disputa del balón. Un “buena Rengo”, acompañado por un par de palmadas en la espalda, era quizás el mayor halago que recibía por hacer el trabajo sucio. Para él era natural porque los que tenían que marcar la diferencia eran Agüero, Cachín, Ramoa y hasta el Hormiga Gómez, parecido al brasileño Roberto Carlos por juego, pelada y negrura.
Eso sí, cada vez soportaba menos los comentarios hirientes de Agüero, porque si había algo que el Rengo no negociaba era el esfuerzo y su vocación de justiciero. Podía jugar bien, mal, o más o menos pero nunca bajaba los brazos, sobre todo si el equipo iba perdiendo y sobre todo si el rival, engolosinado por alguna diferencia clara en el marcador, intentaba hacer fulbito en vez de jugar al fútbol. “Que nos metan 12 pero que no nos relajen”, arengó en una ocasión en la que a la pelota no la vieron ni cuadrada. Y volvió a hacerlo muchas veces más.
Hasta que aquélla tarde, contra Peinados Ayenics, el Rengo explotó. Los dos equipos andaban por mitad de tabla y la lógica consecuencia de ese cruce chato era un partido malísimo. El Rengo, estoico, trataba de acomodar a los suyos a puro grito pero sin suerte, y para colmo los reproches de Agüero por un par de errores le hicieron levantar temperatura y putear al aire, ante los pedidos de calma del resto de sus compañeros y hasta de los rivales. “Calmáte Rengo, no le des bola”, “no te hagás echar Rengo, atendélo afuera al pelotudo ese”, “¡¡vamos Rengo vamos!!”.
A 10 minutos del final vio al habilidoso zurdo pisar la pelota y hacer pasar de largo a un par de marcadores, en lo que fue el único esbozo de lucidez en medio de ese juego para el olvido, y vio a ese par de piernas iniciar una indolente carrera hacia el arco contrario. Entonces no dudó y con tres trancos largos les dio alcance, y barrió a hombre y pelota con elogiable esmero y precisión.
Y mientras el árbitro le mostraba la roja y lo conminaba a dejar la cancha con un poco original ¡¡”afuera señor!!”, el Rengo se acercó a ese cuerpo que se retorcía de dolor sobre el pasto, se encorvó, y moviendo el dedo índice hacia atrás y adelante le recordó al Negro Agüero: “Te dije, yo no pego, hago justicia”.