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Jorge Navone, escritor
Cuando pensamos en la violencia y la impunidad que parecen haber explotado por estos días en la provincia, la primera razón que escuchamos, viene del afuera. El afuera nos invade en micros llenos de desesperados, que llegan a ultrajar nuestra paz habitual. Invaden, roban, matan, traídos por alguien que busca que esto se instale.
Esa razón dispara muchas preguntas. ¿Quién querría que esto se instale? ¿El que lo querría está también afuera? ¿Cuando llegamos, trajimos también violencia? ¿Es tan fácil de conquistar, nuestra paz?
Cuando corremos a un lado los prejuicios dándole lugar a los hechos, las estadísticas demuestran que el 80% de los delitos cometidos en la provincia, estuvieron a cargo de fueguinos nativos, o de residentes con más de 10 años en la isla. Esto es, ni más ni menos, que la violencia que padecemos fue generada por gente que hace al menos 10 años vive acá, con nosotros. La violencia no llegó: se crió acá.
Siempre son fríos los datos, y a veces cuesta creerlos, pero ¿es posible entonces, que la violencia y la impunidad, existan en nuestra provincia desde hace mucho tiempo? ¿Pueden criarse y educarse aquí, un asesino, o un estafador serial?
Los datos se sustentan en los hechos, y estos hacen la historia. Animémonos a la nuestra.
La breve historia provincial, da cuenta de una cantidad de violencia e impunidad, que a otras les llevó más de cien años. Y si no, los datos:
Cuatro de los cinco gobernadores que tuvimos, están fuertemente sospechados de corrupción, con casos concretos presentados ante la justicia y no meras fantasías. Mucho de ellos ya tienen funcionarios encarcelados por causas de varios millones de pesos. O sea, los colaboradores de esos gobernadores, están acusados y condenados por casos de corrupción.
Sin embargo, ellos no tuvieron reparos ni impedimentos para ocupar y protegerse en otros cargos, ni para, burlándose de todas las sospechas, construir majestuosos hoteles, empresas, o fortunas inexplicables, a la vista de todos, intocables. Por si fuera poco, casi todos estos personajes, piensan postularse nuevamente para cubrir distintos cargos, sabiéndose impunes y libres para ejercer la violencia de la corrupción. Su impunidad los sostiene, y hasta puede escucharse en radios y medios, dando concejos y hablando de honestidad, a quien tuviera como mano derecha en su gestión a un condenado por co–hecho; a una mujer que acusó a su compañero de fórmula de “mandar a matar gente”; y a otros tantos señalados como líderes de literales patotas, viajen éstas en barcos, o en camiones.
Nada los detiene. Nadie los para. Ejercen desde hace años, todo tipo de violencia: son impunes.
Pero además, cuando pensamos, más allá de algún perejil condenado, ¿nadie dijo nada?, otra respuesta aparece rápidamente: la justicia, que debería vigilar que esto no suceda, violó literalmente la ley desde su creación, otorgándose sueldos muy por arriba de lo establecido constitucionalmente. Aquellos que deberían velar se cumpla la ley, no la cumplen, sabiéndose dueños y distribuidores de la más terrible impunidad. Cuando hoy en día se los escucha hablar de la “falta de recursos”, uno no puede menos que pensar, si no nos estarán tomando el pelo. ¿Cuánto dinero se gastó en sueldos exagerados, en los últimos 19 años? ¿Cuánto podría haberse hecho, utilizando bien esos recursos? No se preocupen, están pidiendo más.
Llegado a este punto, uno se siente gobernado y controlado por una clase que está empapada de corrupción, generando toda la violencia y la impunidad que está a su alcance, en lugar de protegernos de ella, por lo que al menos, debería dar algunas explicaciones.
¿Toda la violencia es del Estado? No. Si buscamos orígenes de violencia e impunidad en la faz privada, no tardaremos mucho en encontrarlos.
Las administraciones provinciales han generado empresarios que amasaron fortunas fabulosas, a costa de sobrefacturar servicios (en el mejor de los casos) al Estado. Muchos de ellos, obteniendo créditos especiales, jamás pagados, directamente de manos de los gobernadores de turno.
Hay empresas que multiplican sus ganancias haciendo abuso de la ley 19640, siempre a su favor. Hoteles que se construyeron a la sombra de la ley, en los mismos montes donde muchos necesitados (y algunos oportunistas) intentan vivir, pareciera que con menos derechos. Mientras algunos se rasgan las vestiduras por la pérdida de esos espacios verdes, en pleno centro se construye un descarado casino, que no respetó (con la anuencia de seis de los siete Concejales) muchas de las normas del Código de Planeamiento Urbano. ¿Qué hizo en contrapartida? “Donó” $ 500.000 para obras en la ciudad que no respeta. Basta mirar como esta empresa utiliza un espacio público para acopiar materiales, y recordar las multas que nos imponen más de una vez por tener un metro cúbico de arena en nuestra vereda, para entender cómo funciona: el dinero pudo una vez más con la ley. La violencia y la impunidad se ejercen con descaro por todo aquel que logra contactarse con la gente adecuada, repartiendo adecuadamente, parte de sus ganancias.
Observar lo estatal y lo privado, ¿concluye nuestro análisis? No. Uno puede avanzar un poco más, buscando honestamente las razones de tanta violencia, en una isla alejada de casi todo.
Si podemos acordar por ejemplo, que el 70% de los empleados son estatales, ¿Quién se anima a negar que un amplio porcentaje no cobra también, injustificados sueldos? Inmerecidos por su inacción, por su desparpajo a la hora de abusar de beneficios, por su descaro al paralizar la provincia, cada vez que pretenden más, y más, y más... no importa a costa de qué. ¿Quién no fue mal atendido en cientos de oficinas públicas, escuelas, despachos, en donde se amontonan empleados que veneran la nada, que apuestan a la inacción, y que están convencidos que su “no hacer”, es el aseguro de su pobre felicidad?
Pero además, ¿Cuántos hay que aceptaron cargos para hacer nada? ¿Cuántos ven con buenos ojos el acomodo de otro, deseando el suyo? ¿Cuántos viven de la sobrefacturación, de los subsidios inmerecidos, de las regalías? ¿No hay violencia en esos actos? ¿No se plagan esas acciones de impunidad?
Vinimos, muchos, buscando entre otras cosas, seguridad. Una seguridad que luego, quizás, muchos entendieron, se las iba a dar el dinero, el poder. En pos de eso aceptaron todo tipo de atrocidades, de vejámenes. Porque hagámonos cargo de una vez: también los pequeños robos ultrajan.
Ahora, la violencia explotó delante de nuestros ojos, como nunca antes.
¿Es posible pretender una provincia segura, alejada de la violencia y la impunidad, teniendo esos comportamientos? ¿Qué es lo que debería modificarse? ¿Puede una institución, una garita o una cámara, protegernos de nuestra propia voracidad? ¿Será esa la razón de la aparente indiferencia, en las protestas?
El afuera nos asusta, y a ese afuera lo señalamos como culpable de todas nuestras penas.
Quizás, si se pretende un cambio en serio, vaya siendo hora de revisar nuestro adentro, para poder pensar hasta dónde nos conquistó nuestra propia violencia, hasta dónde la permitimos, con nuestra más nefasta impunidad.