E
n mi condición de nativo y lejos de considerarme un historiador, voy a permitirme contarles una breve historia que une el pasado con el presente. Guardo la íntima esperanza de llegar a algunos queridos antiguos pobladores o que por lo menos dispongan de unos 35/40 inviernos en Ushuaia.
Es muy posible que distraídos peatones o automovilistas, recorriendo la Avda. Maipú esquina Roca, hayan podido observar, a finales de este último verano, un grupo de personas, próximo al busto de Eva Perón, realizando profundas excavaciones. Perdidas en las mismas y asomando solamente su cabeza, estos entusiastas trabajadores no buscaban reparar ningún servicio o construir los cimientos de un nuevo edificio.
Se trataba de un grupo de arqueólogos urbanos de una universidad de Buenos Aires que, con apoyo de algunos colegas de nuestra localidad, escudriñaban el pasado y los restos ocultos de un viejo edificio que, hasta hace unos 36/38 años atrás, ocupara dicha esquina.
Obviamente poco hallaron de este hermoso edificio, uno de los que lucía en nuestra costanera y hoy sólo podemos descubrir en muy antiguas fotografías.
Pese a ello el entusiasmo se multiplicaba al hallar trozos de madera, baldosas de un color ocre y algunos otros escasos elementos que obviamente pertenecían al edificio en cuestión o incluso de otra infraestructura lindera. Grande fue la sorpresa cuando hallaron, entre estos pedazos de antigua arquitectura, y a poco más de un metro de profundidad, una pequeña cinta de plástico de esas viejas rotuladoras manuales que decía: “J.C. Lovece / Cadete”.
Los arqueólogos urbanos de Buenos Aires, inmediatamente imaginaron se trataba de un Cadete de Marina, pero una joven arqueóloga local inmediatamente aseguró conocer al propietario de dicha identificación. Es así que esa noche el padre de esta joven se comunicó con quien suscribe, preguntándome si dicho elemento pudiera pertenecerme.
En escasos segundos me transporté al año 1969 cuando había sido contratado, a mis escasos 14 años, para trabajar de cadete en la vieja Dirección Territorial de Rentas y posteriormente en la Secretaría de Economía. La primera ubicada en la esquina de San Martín y Roca, (hoy ocupada por la Casa de Gobierno) en el hermoso edificio que llamáramos la Casa Verde y la segunda en la esquina que hoy ocupa la casa central del Banco de Tierra del Fuego.
Al día siguiente fui a visitar a los arqueólogos, reconocí mi vieja identificación que, pese a los 42 años, se hallaba en perfectas condiciones, posé en varias fotografías que los profesionales insistieron en sacarse conmigo y ese pedacito de plástico en el pecho y narré además la historia de esa parte de mi vida, desde mis 14 a 17 años, ya que también había vivido en ese edificio cuyo fantasma intentaban rescatar.
Desde ese instante me transformé en un informante clave que me obligó a intentar identificar cada trozo de material que hasta el momento habían hallado.
Aún hoy los amigos arqueólogos, intentando reconstruir la historia, se comunican conmigo desde Buenos Aires interrogándome sobre las características del interior de la casona, anécdotas, propietarios, antiguos ocupantes y años de su construcción y demolición.
En ese intento de correr el velo de los años, me encontré releyendo libros, escarbando en mi biblioteca e intentando corroborar la cronología de esa esquina.
Que posiblemente haya sido construido en los ´40, que quizás su propietario haya sido un Guardiacárcel de apellido Fernández, que fue en diferentes épocas un almacén y carnicería, en otras un club en su planta baja y vivienda en su planta alta, que también supo ser una escuela. Incluso la primera vivienda donde residiera el, por entonces, Teniente Ernesto Campos, en 1944, (luego excelentemente bien recordado gobernador), con su Sra. esposa, la que diera a luz en esta vivienda, a su primer hija “Mechita Campos”, que posiblemente haya sido también residencia en la que naciera el recordado poeta Castiñeira de Dios, etc.
Mi memoria, en definitiva no tan buena ni antigua, me instala en mi joven adolescencia, cuando la planta baja se hallaba clausurada y su planta alta dividida en dos partes. Una de ellas con acceso desde la calle Roca, a cargo de Dña: Tila, simpática y agradable mujer que alquilaba algunos de sus cuartos y la otra parte, con acceso desde Maipú, con una hermosa galería que comunicaba varias habitaciones que creo recordar alquilaba la entrañable Esther Fadúl, nuestra primera Diputada.
Armar la historia de un edificio ya inexistente, no es tarea fácil y es por ello que quiero recurrir a los queridos antiguos pobladores u otros investigadores que seguramente sabrán desentrañar este imperfecto relato, corregirlo y completarlo.
Los amigos arqueólogos desde Buenos Aires están ansiosamente esperando poder completar su trabajo.