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Norman Munch, de la redacción de el diario del Fin del Mundo
Cuántas banderas arriadas, cuántos “contratos sociales” archivados, cuántas promesas olvidadas, cuántos compromisos asumidos y luego deshonrados. Desde aquél lejano diciembre de 2007 no son pocos los reveses ideológicos y metodológicos de la gestión nacida como ARI y mutada en PSP, que prometió desde la campaña cambiar las formas de hacer política en Tierra del Fuego.
Sin embargo, más allá de una relación más que tirante que el Gobierno mantiene con los medios –salvo los adictos–, a los que siempre consideró la punta de lanza de un eterno complot multisectorial en su contra, y más allá de las lógicas presiones que suelen ejercerse sobre empresas y periodistas –por ejemplo mediante el levantamiento de pauta publicitaria ó la demora en el pago de la misma–, en líneas generales la prensa informó y opinó como quiso sobre los temas relacionados a la gestión. Hasta ahora. Hasta ayer.
Pisoteando ese discurso florido que siempre tuvo el oficialismo sobre la defensa de la libertad de expresión y del derecho a informar, funcionarios de la Dirección Provincial de Obras y Servicios Sanitarios, encabezados por su presidente Emilio Díaz Ramos, irrumpieron en la Redacción de el diario del Fin del Mundo y agredieron verbalmente –y hasta amenazaron con “cagar a trompadas”– al periodista que redactó la nota, publicada en la edición de ayer, sobre las condiciones de inseguridad en que trabajadores de ese organismo realizaron las tareas de reparación del acueducto cuya rotura, el martes, dejó sin agua a gran parte de Ushuaia.
Lo que se planteó como una entrevista para que Díaz Ramos diera su versión sobre lo sucedido la noche de la reparación a partir de lo sostenido por EDFM, derivó en una apretada vulgar, de esas que forman parte del manual de usos y costumbres de los grupos de choque de la política.
Fueron siete personajes que quisieron imponer su versión a los gritos, a lo “poronga”, desafiando, amenazando e intentando mostrar que ellos la “tienen más larga”.
Los periodistas, en el ejercicio de su profesión (y vocación) saben que están expuestos a situaciones de este tipo que no sorprenden, ni amedrentan. Menos asustan, y mucho menos condicionan.
Pero lo que pasó de la mano de Díaz Ramos y sus secuaces es preocupante y alarma, porque ese señor es una de las caras públicas de este Gobierno que se vanaglorió de aguantar cualquier vendaval mediático, y pese a ello respetar las opiniones ajenas. Y en definitiva, Díaz Ramos es Ríos en la DPOSS.
Preocupa y alarma porque este funcionario cayó en el mismo lugar común que muchos de sus pares, que desde hace años parecen no comprender que criticar y opinar en forma contraria sobre la gestión no implica sabotearla.
Preocupa y alarma porque este funcionario apeló a una estrategia propia de gestiones a las que su gobernadora denostó y denosta en forma pública y sistemática cada vez que puede.
Preocupa y alarma porque su gobernadora, siendo diputada nacional, se solidarizó con el diario del fin del Mundo cuando un atentado incendiario destruyó sus instalaciones. Y ahora uno de los suyos apela a una de esas prácticas repudiables.
Pero más allá de Díaz Ramos y su gente, a los que quizás la mandataria mantenga en sus funciones o bien recicle como ha hecho en otras oportunidades con funcionarios en falta, lo más preocupante y alarmante sería que el cuerpo político de este gobierno, ese funcionariado de paso al que el pueblo le paga más que bien para que administre el Estado, decida replicar, por su miedo atroz a la crítica, la estrategia de la intimidación como forma de responder al que se pare en la vereda de enfrente.
Ríos es inteligente y algunos de sus funcionarios también. Por eso lo que sucedió de la mano de Díaz Ramos debería ser un hecho tan aislado como lamentable. Debería.