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Gabriel Ramonet
Los rumbos fijos y constantes son siempre más fáciles de evaluar que los zigzagueos y las medias tintas.
Algo de eso ocurre con la actual gestión de Gobierno, tan proclive a los avances como a los estancamientos, a los amagues más que a las concreciones.
Si se tuviera que elegir un símbolo de las administraciones provinciales que eligieron un camino y lo recorrieron sin espejos retrovisores, no caben dudas que el ejemplo más claro es el del ex gobernador Manfredotti.
Saneamiento económico para sobrellevar la crisis, ajuste de sueldos en el sector público, endurecimiento en la relación con los sindicatos, copamiento de las instituciones, en especial de la justicia y de los organismos de control, ningún apego a procesos de participación y de transparencia, tolerancia a la corrupción y concentración del poder en pocas manos.
No proponemos en este caso abrir un juicio ético ni moral, tampoco político, acerca de la procedencia de aquella modalidad de Gobierno. Simplemente la describimos como un caso emblemático de adopción de rumbos definidos de gestión.
Y decimos que en ese tipo de circunstancias, los análisis históricos se tornan más categóricos y mucho menos complejos. Cuando una gestión de Gobierno transita entre límites tan claramente establecidos, solo resta desentrañar las ventajas y desventajas de tales políticas, y someterlas a un juicio de valor donde en lo posible intervenga, ya no la tan mentada e inexistente objetividad, sino que al menos ciertas herramientas provenientes de la lógica y de la razón.
Un problema más arduo se nos presenta cuando la fotografía de cierto período gubernamental nos ofrece una imagen ambigua, con zonas nítidas e iluminadas, pero también con claroscuros y rincones fuera de foco.
El principal déficit del Gobierno de Fabiana Ríos no es haber encarado políticas equivocadas, sino haber insinuado cambios profundos que no se terminaron de concretar nunca, al menos hasta ahora.
Cuando muchos de los actuales funcionarios se quejan de la falta de reconocimiento que existe a los logros de esta gestión, no tienen en cuenta que la gente evalúa respecto de la expectativa generada, y no sobre lo efectivamente conseguido.
Es cierto que no se ajustaron salarios ni se despidieron empleados públicos, pero se esperaba una reestructuración completa y profunda del Estado, un punto final a la desigualdad entre escalafones, o entre los empleados de la administración y los entes autárquicos, un coto a los convenios colectivos abusivos, una carrera administrativa más justa.
Es verdad que el Estado compra ahora con mayor transparencia, que se denunciaron casos de corrupción de gestiones anteriores, que se convocó al Consejo Económico y Social, que se reguló por decreto el otorgamiento de publicidad oficial y se instauró un sistema de audiencia pública previa a la designación de jueces del Superior Tribunal. Pero la consulta popular por el tema hidrocarburos se anunció y nunca se llevó a cabo, el sistema de selección de magistrados nunca se reformó, el único juez de la Corte en el que intervino esta gestión se nombró en las mismas condiciones que todos los anteriores y con una participación escandalosa del ministro de Gobierno y la publicidad oficial se sigue repartiendo discrecionalmente vía los organismos autárquicos y descentralizados.
¿Y las reformas de fondo? ¿El sistema electoral, la perversidad del piso de las tachas, la reforma política, los mecanismos de participación popular en la toma de decisiones, las innovaciones en la construcción del poder, la relación distinta con la gente?
Es cierto. La ley de límites, la ley de fomento de la industria electrónica, el Fideicomiso Austral, los sueldos en una cuota.
Pero el Gobierno sigue sin pasar la mitad del río. Se animó a cruzarlo, se mojó los pies. A veces amaga, parece, da la sensación, crea la expectativa, se prepara, gesticula y al final, apenas termina dando un pasito que no alcanza.
En la tribuna la gente se decepciona por el cruce que no fue, que todavía no es. Y desde el Gobierno le contestan que no se olviden que antes, estábamos peor.
El problema es que ambos tienen razón.