Colaboración

“Volvió el José Martí”

31/03/2017
H

ay lugares de Ushuaia que por alguna razón quedan reservados al pasado aunque varios de sus protagonistas estén aún presentes. Sin embargo un día ocurre algo distinto a lo que no le prestas demasiada atención, y te moviliza “mal” – como dicen ahora los jóvenes en lugar de “mucho”-. Y así es que anuncian en los medios y en la calle que reabre sus puertas el José Martí, en el lugar que siempre estuvo, no ya en mil anexos donde solo conservaba su nombre, ahí, en el centro y a la vez en el centro de todo. Escuchamos atentos la alegría de varios profesores y preceptores, y nos advertimos preguntando más de la cuenta. Por alguna razón nos importaba: “¿Cómo quedó?, ¿tiene ascensor? ¿laboratorio?. Varios de los que detallaban y relataban insistían en sus virtudes: “¿te acordás donde estaba tal cosa?, ahora hay nuevas aulas, hay biblioteca, hay espacio”.
Y por raro que sonara, seguíamos preguntando y buscando que otra gente y nuevos relatos nos devolvieran a ese edificio – y a ese tiempo - por el que [email protected] pasamos, hoy cómplices. Contame más del Colegio. Y el lugar ahí está, ahora moderno, lleno de pibes y pibas, moviéndose como ellos lo hacen, sin dimensión del suelo que pisan, y es lógico, pasa un poco eso, hoy les toca transcurrir.
La verdad, es que nos fascinó que en estos días se lo tratara bien, con alegría, que fuera la estrella de las buenas noticias – el primer Nacional de Ushuaia –, que le dedicaran un rato y unas tapas a aquel establecimiento al que muchos apostaban como último recurso (sobre todo si elegías ser bachiller), cuando no existía en Ushuaia la educación privada o cuando nos faltaban ganas de ir a una escuela técnica “porque solo había varones”.
El viejo Nacional parecía destinado a las quejas. Lleno de vándalos, drogadictos y chicas rebeldes, o al menos existían esos prejuicios de pueblo chico. Sin embargo, con su disciplina algo errática, su persistencia en poner tantísimas amonestaciones (y dejarnos siempre al límite de la expulsión), sus conflictos y sus históricos viajes de egresados (en micro hasta Camboriú para que ninguna familia diga que no), iba dejando en su gente –nosotros – mucho más de lo que se veía a simple vista. Hay una canción de Guasones que habla de otro colegio que se le parece bastante. “Down” se llama el tema.
Profesores personajes, figuras locales increíbles, personas valiosas, poniéndoles un poco de compromiso a estos pibes posdictadura que oscilábamos entre la creación y caída de Centros de Estudiantes, horribles sorteos de colimba, bailes sin o con horarios, infinitas bandas de rock, autos manejados sin licencia, mucha bota tejana, salidas nocturnas que no quisiera para mis hijos hoy, y la tradicional guerra de fin de año que no dejaba lugar del centro sin huevazos.
La verdad es que ese colegio del que nos íbamos puteando, no tenía la culpa. El tema era la edad, o la partida, o la vida. Varios de los que fuimos sus alumnos, hoy nos vemos, nos encontramos –algunos formamos familias – y sabemos que fue testigo de un gran momento, no diferente al de [email protected] en otros lugares, pero este fue el nuestro, en Ushuaia. Ahora se alza otra vez, con la irreverencia de lo nuevo, porfiado, brillante, hermoso, imposible no notarlo.
Tiene espacio, tiene color, pero sobre todo, tiene historia, la de cientos de chicos y chicas de acá. También es la historia de mi suegro, la de la mamá de mis vecinos, es la de los hermanos grandes de mis amigos, y la de todos los que vinieron después. Esas percepciones y relatos individuales se llaman identidad y es lo que nos recuperamos con emoción cuando pasamos por Fadúl. Estemos contentos, ahí en el centro, en el medio de todo, el Martí sigue adolescente por muchos años más.

(*) Egresada del José Martí.

 

Autor : María Paula Schapochnik (*)
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