COLABORACIÓN

“El cuidado. Un derecho humano incómodo”

24/04/2019
C

uidar, cuidarse y ser cuidados o cuidadas no es un privilegio para ciertas personas, es un derecho humano básico, tanto como la vida y la libertad. Para sostener esta idea y universalizarla, es bueno que compartamos su significado. El mundo no funcionaría, la vida humana se extinguiría si no hubiera un batallón de personas dispuestas y/o obligadas y/o condicionadas a cuidar. Cuidar a las infancias, a las personas mayores, o con discapacidades de otra índole, cuidar a los hijos o hijas de otras familias, cuidar a la descendencia, cuidar y cuidar. Por otra parte, tenemos derecho a que nos cuiden cuando no podemos valernos de manera autosuficiente, y a la vez aquellas personas que cuidan (y trabajan de manera remunerada) tienen derecho a que alguien, a su vez, los y las cuide, o al menos puedan cobrar por ello para que puedan a su vez sustentarse sus propios cuidados (los cuidados médicos, por ejemplo).
Lo sinteticé mucho, es cierto, porque para mi es muy obvio. Por feo que suene, se disfrazó de “amor” y solo amor, algo que en realidad es “trabajo”. Así es, las tareas del hogar y el cuidado de otras personas en general, es trabajo no remunerado (¡gratis!). Vamos a los ejemplos: yo amo mi trabajo fuera del hogar, pero no estoy segura de querer hacerlo gratis, y no solo porque estoy inmersa en una cultura donde el trabajo se paga con dinero, sino también porque mi familia y yo necesitamos de la remuneración para seguir adelante. No soy original. Sin embargo, nos cuesta reconocer el derecho humano básico y la consecuente necesidad que las sociedades y los gobiernos comiencen a considerar trabajo al cuidado, y provean en tal caso los mecanismos para que el cuidado sea remunerado o previsto por personas que lo hacen como un trabajo rentado, o sencillamente que sea COMPARTIDO. Ahora bien, lo evidente. En el mundo quienes culturalmente han realizado tareas de cuidado son las mujeres, y cuando el dinero no alcanza son preponderantemente las mujeres quienes trabajan afuera y cuidan hasta el agotamiento y el franco deterioro de su salud, con escaza o nula ayuda de nadie mas que de las propias redes que entre mujeres conforman (madres, hermanas, vecinas, comadres). Este fenómeno se conoce como feminización de la pobreza y es un mal de nuestro tiempo, porque cuando falta el pan, o escasea el trabajo van a salir las mujeres a trabajar por menos dinero o en empleos mas precarios que los hombres, y ni hablar si son único sostén del hogar. El diagnóstico es bastante mas complejo que lo que intenté señalar hasta acá, y preocupa a la Organización Internacional del Trabajo, sobre todo la situación en los países pobres o empobrecidos, donde es urgente que se tomen medidas para favorecer la corresponsabilidad social de los cuidados entre hombres y mujeres –trabajo y familia-. El tema es el siguiente, hombres y mujeres tenemos capacidades prácticas para cuidar, proteger, educar y asegurar el sano desarrollo de hijos, hijas y otras personas dependientes, por tanto la distribución de esas tareas hacia adentro de las familias guarda relación con las representaciones culturales que tenemos sobre los roles. Si bien es cierto que en la actualidad ha mejorado la imagen de las mujeres desempeñándose en ámbitos públicos (trabajo, política, profesiones) esto no se ha traducido en un reparto real de las actuaciones en el plano doméstico, donde la desigualdad continúa imperando reforzada por representaciones sociales que definen al hombre como proveedor exclusivo del hogar, cuando la realidad en nuestros países indica que la capacidad de proveer del varón disminuyó (recomiendo a Olavarría, Huberman, Echeverria, Kaufman, para profundizar en su impacto) y que, para las mujeres de la región la maternidad dejó de ser un “destino natural”, para transformarse en un proyecto importante, pero opcional, a combinar con otros logros y desafíos personales. En este sentido, se ha comprobado el impacto positivo que tienen en la infancia el cuidado y la responsabilidad compartida, favoreciendo el desarrollo personal de los miembros de la familia, y proporcionando una oportunidad para recrear relaciones más igualitarias. ¿Cuál sería el problema entonces? Uno de ellos radica en la organización tradicional del trabajo productivo, lo que dificulta el mayor compromiso de los hombres con el cuidado. Las leyes laborales en general se crearon pensando en trabajadores hombres que no precisan medidas de conciliación trabajo/cuidado porque de eso se ocupa una mujer en casa. En la mayor parte de los países de la región la articulación del binomio trabajo - familia tiene que ver exclusivamente con los derechos de las mujeres. Por otra parte y como comencé señalando, no se percibe al cuidado como un derecho humano básico a brindar y a ser brindado, por eso escasamente los hombres lo reclaman para ejercer y gozar. Por eso digo que es un derecho humano incómodo. Se ocupan otras.

Autor : María Paula Schapochnik
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