l crecimiento de la población de perros asilvestrados, la expansión de sus ataques sobre distintas especies ganaderas y la falta de respuestas estructurales configuran un escenario cada vez más crítico para la producción en Tierra del Fuego.
El investigador del CONICET y doctor en Biología, Adrián Schiavini, explicó que el problema dejó de ser puntual para transformarse en un fenómeno sostenido. “En el ámbito rural los perros asilvestrados están atacando al ganado bovino”, afirmó, y detalló que el cambio es reciente pero significativo. “Esto está pasando en los últimos dos años”, precisó.
Hasta hace poco, los ataques se concentraban en el ganado ovino, lo que llevó a muchos productores a modificar su esquema productivo. “Una de las soluciones fue dejar de producir ovejas y pasar a producir vacas, porque el tamaño desalentaba los ataques”, explicó. Sin embargo, esa estrategia comenzó a fallar. “Ahora están atacando terneros y novillos”, señaló.
El impacto no es menor, ya que afecta directamente la viabilidad económica de los establecimientos. “Los productores están dudando realmente si vale la pena producir carne directamente”, advirtió, al describir un escenario de incertidumbre creciente.
En paralelo, los datos de monitoreo muestran una expansión sostenida del problema. “En ocho años, los avistajes de perros frente a cámaras crecieron doce veces”, indicó, a partir de estudios realizados en estancias del ecotono. Aunque aclaró que no se trata de un censo poblacional, remarcó la tendencia. “Cuando aumenta la tasa de detección, es porque la población está creciendo”, explicó.
A esto se suma un cambio estructural en la dinámica de estos animales. “Estamos viendo cada vez más cachorros”, señaló y amplió: “Se están autosustentando, se reproducen en el campo”, afirmó. Este dato marca un punto de inflexión respecto de décadas anteriores. “Hace 20 o 30 años el problema estaba más asociado a perros que salían de las ciudades”, indicó. Hoy, en cambio, se trata de poblaciones establecidas, con capacidad de expansión propia.
El fenómeno también presenta una escala territorial más amplia. Según explicó, los perros tienen gran capacidad de desplazamiento. “Para un perro moverse 50 kilómetros en uno o dos días no es nada”, sostuvo, lo que abre la posibilidad de movimientos entre zonas e incluso entre países cercanos. En ese sentido, confirmó que la problemática también se registra en la Tierra del Fuego chilena, aunque con diferencias en el abordaje. “Allá la legislación los considera animales con dueño, lo que limita las herramientas de control”, explicó. En contraste, en Argentina están catalogados como especie exótica invasora, lo que permite tratarlos como fauna silvestre.
Frente a este escenario, Schiavini planteó que la respuesta debe ser integral y sostenida en el tiempo. “El origen del problema es urbano, por lo tanto hay que lograr perro suelto cero en las ciudades”. Sin embargo, también advirtió que la situación actual exige intervenir en el ámbito rural. “Hoy es necesario reducir la cantidad de perros asilvestrados”, sostuvo, y explicó que el comportamiento en grupo agrava el impacto. “Estamos viendo jaurías de más de 15 animales”, indicó.
Estos grupos no sólo incrementan la capacidad de ataque, sino que además desarrollan estructuras sociales complejas. “Cuando trabajan en grupo se establecen jerarquías”, explicó, y señaló que intervenir sobre esa organización puede ser clave. “Si se desarma la estructura social, el daño puede disminuir”, agregó.
Actualmente, las acciones de control son fragmentadas y dependen en gran medida de los propios productores. “Se están capturando perros, pero de manera aislada”, indicó. Por eso, uno de los objetivos es avanzar hacia una estrategia más coordinada. “La idea es intensificar estas actividades”, sostuvo.
En esa línea, adelantó la incorporación de nuevas herramientas. “Estamos organizando un taller de trampeo con especialistas de Estados Unidos”, explicó, con el objetivo de profesionalizar las técnicas de captura. “Allá el trampeo tiene siglos de desarrollo, es una práctica muy avanzada”, agregó. El abordaje técnico apunta a mejorar la eficacia de las intervenciones en el territorio. “Hoy cada productor actúa según su criterio, pero necesitamos un esquema más sistemático”, señaló.
En paralelo, el investigador se refirió a otro debate en la región: el impulso al consumo de carne de guanaco en Santa Cruz. Si bien consideró válida la utilización de fauna silvestre, advirtió sobre la necesidad de criterios claros. “La biodiversidad se usa, el problema es cómo y cuán sustentable es ese uso”, afirmó.
Uno de los puntos críticos es la falta de información precisa sobre los procesos productivos. “Para saber si es sustentable, hay que saber cuántos animales se sacrifican realmente para llegar al producto final”, explicó. En ese sentido, cuestionó la transparencia de los datos disponibles. Conjuntamente, señaló limitaciones sanitarias. “Hay una alta incidencia de sarcosporidia, un parásito que obliga a decomisar carne”, indicó, lo que reduce el rendimiento real de la actividad. “Puede haber uno de cada cuatro animales que no se puede utilizar”, detalló.
Además, puso en duda que esta estrategia resuelva otros problemas, como los accidentes en rutas. “Si el objetivo es reducir accidentes, no va a funcionar”, afirmó, al explicar que la dinámica territorial del guanaco hace que otros animales ocupen rápidamente los espacios vacantes. Paralelamente, vinculó estos debates con cambios estructurales más amplios. “El sistema productivo cambió por el clima”, sostuvo, y explicó que la disponibilidad de pasto en la Patagonia es hoy muy inferior a la de décadas atrás. “Antes se necesitaba una hectárea por oveja, hoy pueden ser diez”, ejemplificó.
Ese cambio obliga a repensar los modelos productivos. “Quizás haya que empezar a pensar más en el uso de recursos silvestres como el guanaco”, planteó, aunque advirtió que también existen barreras culturales. “No es fácil cambiar hábitos de consumo”, señaló.