o es una torta cualquiera. Es, literalmente, una Constitución hecha merengue: un libro comestible rodeado por quienes alguna vez escribieron sus páginas, quienes hoy las administran y quienes miran con cariño -o con cierta ansiedad reformista- algunas de sus líneas.
La escena tiene algo de comedia institucional. Todos aplauden a la homenajeada en su cumpleaños número 35, aunque varios de los presentes llevan años discutiendo si habría que actualizarle el peinado, cambiarle algunos capítulos o dejarla exactamente como está.
La pobre cumpleañera sonríe para la foto mientras escucha consejos contradictorios de sus propios admiradores. Unos quieren retocarla, otros blindarla y algunos prefieren que nadie se acerque.
En el medio aparecen los chicos, observando el espectáculo con la tranquilidad de quien todavía no participa de las disputas. Son los futuros lectores de esta historia. Porque, al final, las constituciones pasan por muchas manos, pero terminan perteneciendo a las generaciones que todavía ni siquiera soplaron las velitas.