a Prefectura Naval fue precisa: ante ballenas, distancia, velocidad mínima y nada de aproximarse por cabeza o cola. La embarcación turística, en cambio, pareció leer el manual como quien hojea un folleto de excursión: tarde, mal y con el motor encendido. Allí donde la norma pide 400 metros de prudencia, eligió el viejo deporte local de confundir naturaleza con escenografía. Las ballenas no son parte del paquete turístico ni extras contratados para la foto. El canal Beagle exige silencio, cuidado y distancia; no piruetas náuticas al borde de un cetáceo. La postal es perfecta, sí: perfecta para explicar cómo la irresponsabilidad convierte el avistaje en acoso con vista panorámica.