30/08/2010
| INFORMACIÓN GENERAL
COLABORACIÓN
Hablemos de educación
Por Lic. Horacio Roque Vedia
Rector del CIEU. Director de la Escuela de Políticas Públicas del Fin del Mundo
Se ha desempeñado como docente primario, secundario y universitario. Directivo y funcionario público del Estado Provincial y Municipal
Cuando hablamos de educación, lo hacemos básicamente de padres, docentes y alumnos, de cuya concurrencia de acciones depende la formación de los educandos en la sociedad, es decir la de los ciudadanos del mañana. Pero hay un cuarto componente constituido por los políticos que ocupan los distintos estamentos de la República, y que representan al Estado.
Durante muchos años, venimos escuchando y a veces también repitiendo que la Educación está en crisis y que es necesario un cambio. Seguramente muchos ciudadanos coincidiremos en tal afirmación y esperamos el cambio que parece que no termina de llegar.
El cambio educativo que tanto esperamos, será posible en la medida en que los mencionados sujetos responsables de la Educación, reconozcan cual ha sido la cuota de participación en el fracaso del Sistema Educativo. En dicho fracaso está la participación de todos, aunque con distinto grado de responsabilidad.
Es indudable que existe la necesidad de cambios en las familias, recomponiendo las relaciones de jerarquía y la falta de límites respecto de los hijos, pues se han desvirtuado las relaciones verticales con preeminencia de la horizontalidad, con el consiguiente deterioro de las funciones naturales y lógicas de cada miembro familiar.
La falta de un claro concepto de autoridad en el seno familiar, la ausencia de contención afectiva, de diferenciación de roles é incluso la inversión de los mismos, con hijos que mandan y padres que obedecen, son caldo de cultivo para que los niños y jóvenes entren en un estado de apatía y desinterés general, con ausencia de modelos para motivarse, apasionarse y entregarse a la obtención de objetivos que los lleve al desarrollo pleno de sus capacidades y al éxito personal y profesional, basado en el ejercicio de valores, esfuerzo, respeto y capacidad.
Los niños y jóvenes de nuestra sociedad especialmente los más desprotegidos afectiva y materialmente, están en general situados en un contexto de desmotivación, insatisfacción, y falta de objetivos y proyectos; y en el caso en que los tienen son tan débiles los cimientos sobre los que se asientan que ante las menores dificultades, se ven tentados a abandonarlos, lo que se traduce en el ámbito escolar en situaciones de indisciplina, bajo o nulo rendimiento académico, con el consiguiente fracaso escolar y dando lugar a la aparición de situaciones de repitencia o abandono de sus estudios.
En el caso de aquellos que alcanzan a terminar sus estudios secundarios y deciden seguir estudiando los motiva la exigencia del mercado de poseer un título superior, sea terciario o universitario, pero en muchos casos sin vocación para ingresar a algún campo ocupacional y en el caso de que la elección coincide con sus intereses por diversas circunstancias personales, familiares o contextuales, se desmotivan rápidamente.
El peligro de la simetría y paridad que muchos padres y adultos transmiten a sus niños y jóvenes, provocan estados de confusión que son tremendamente perjudiciales, pues no están en condiciones de advertir y asumir que la sociedad y las organizaciones que la constituyen, necesitan un mínimo orden, roles claros y diferenciados, derechos y deberes, normas y reglamentos que respetar y canales preestablecidos que permitan la obtención de soluciones efectivas y eficientes y no por eventuales caprichos de quienes tienen la responsabilidad de asegurar los resultados sociales y académicos que la sociedad espera de las instituciones educativas.
La Escuela es el único espacio donde se reúnen personas donde algunas desean enseñar y otras aprender, en un encuentro de intereses de naturaleza distinta, donde es necesario un adecuado ambiente y contexto propicio para que el proceso educativo sea posible en términos de aprendizaje. Por ello es que es necesario contar con docentes altamente profesionalizados para mejorar su perfil y consideración por parte de la Sociedad.
Si tenemos en cuenta que son los formadores de los futuros ciudadanos, es necesario crear condiciones laborales que tienten a los más capaces a desempeñar tales roles, donde tengan que acceder a la función mediante exigentes evaluaciones, pero también el Estado debe asegurar condiciones laborales adecuadas y asegurar llevar los salarios docentes a los mayores niveles de competencia posible.
El Estado a través de los funcionarios responsables de su funcionamiento, es decir los políticos, debe preocuparse por articular políticas tendientes a preservar el Sistema Educativo de las cíclicas crisis en que caen los países como el nuestro, donde se considera a la educación como un servicio social, donde las escuelas pasan a ser un espacio de contención social más que espacios educativos.
La educación debe ser considerada como una inversión social del Estado. Es una inversión a mediano y largo plazo a la que se debe apostar más en épocas de crisis.
La formación de los docentes es otro aspecto que se debe transformar radicalmente. No bastan leyes y reglamentos para modificar el actual estado de decadencia del Sistema Educativo.
Es imposible transformar una sociedad sin modificar el Sistema Educativo, pero tampoco se puede lograr intentando hacer más de lo mismo, pues los resultados serán siempre iguales. Si queremos resultados diferentes debemos intentar conseguirlos con acciones y recursos diferentes.
Es necesario recomponer el concepto de autoridad en todos los planos, construir modelos de contención familiar, social y escolar.
Debemos respaldar la autoridad, con el ejercicio de valores, sostener la coherencia en el mensaje y la acción, establecer vínculos basados en el diálogo claro y preciso, mediante un riguroso ejercicio de la palabra tanto hablada como escrita.
No es sencillo todo lo que necesitamos hacer si realmente queremos un cambio, pero es una responsabilidad de padres, docentes, alumnos y Estado, más aún en un contexto donde la confusión de roles, el materialismo, la instantaneidad, el éxito basado en el ejercicio de acciones sin valores, en conductas reñidas con la honestidad, la verdad, el esfuerzo, la solidaridad y la ausencia del bien común, son moneda constante y justifican conductas de ciudadanos particulares y funcionarios públicos sin distinción.