Punto de Vista – Por Guillermo Worman

Rumbo a un colapso no tan lejano

19/04/2011
P
or Guillermo Worman

Hay que mostrarse conforme con el desarrollo de la promoción industrial. Fue una decisión que genera puestos de trabajo, moviliza el mercado interno (vehículos de media y alta gama, así como electrodomésticos de lujo), además de diversificar y ampliar la producción local. También fue otro recurso para que la dirigencia política local muestre su mezquindad y falta absoluta de articulación conjunta: todos, individualmente, se atribuyen los logros obtenidos, aunque no se ve trabajo conjunto para prevenir la profunda crisis que se avecina.
Tierra del Fuego, donde la generación de empleo se concentra en muy pocas actividades, necesita de políticas activas para alcanzar un esquema de desarrollo que garantice cierta sustentabilidad y certidumbre para la población. Otro aspecto importante es la fabricación de productos con valor agregado y la actividad industrial sobre tecnologías semi avanzadas. Además, toda fuente de empleo para los jóvenes que permanecen en la provincia es una alternativa altamente valorada. Hasta aquí lo positivo del asunto.
Sin embargo, los beneficios de la promoción electrónica se contraponen con la crisis de infraestructura que quedará al desnudo en los meses que se vienen; las caras de una misma moneda que hablan de éxitos y fracasos por igual, ya que nunca estuvimos preparados para recibir el aluvión logístico que aparece de la mano de una descomunal producción.
No es la primera vez que pasa en la historia tan reciente fueguina. Hace no tantos años, con la llegada de las primeras fabricas, las viviendas crecieron de manera desordenada y caótica por la expansión de empresas y sus respectivos planes de vivienda. Ahora, tal como se viene observando, el tsunami logístico será otro coletazo de una nueva falta de anticipación.
Entre otras falencias, hay un déficit preocupante para almacenar las decenas de miles de contenedores que transitan a través del puerto de Ushuaia, y que afectan, cada vez más, al funcionamiento urbano–vehicular de media ciudad. El considerable volumen de camiones portacontenedores, en una ciudad sin canales para tránsito pesado, son un riesgo para la población que se moviliza entre caravanas cada vez más cargadas de vehículos de gran tamaño. El sector bajo, entre la ex planta Aurora–Grundig y el puente cercano a la central eléctrica, es una zona de alta peligrosidad por la frecuente circulación transversal de camiones que cruzan entre una playa de contenedores a la otra, y por los giros peligrosos de los portacargas que ingresan y salen sin indicaciones a la Avenida Perito Moreno.
Un problema es el traslado. El segundo, de la mano del primero, es la falta de capacidad de carga de Ushuaia para recibir y alojar el alud de contenedores que crece de manera exponencial. La playa seca junto al puerto, como el frente costero de la zona industrial es un verdadero muestrario del impacto que viene generando la logística de semejante repunte industrial. Entre otras consecuencias, el acopio de hasta cuatro equipos supera ampliamente los límites permitidos en algunas zonas para la construcción y se convierten en verdaderas murallas que aprisionan la ciudad. Es decir: Ushuaia no estaba preparada para lo que vino, mucho menos para lo que vendrá.
Las proyecciones no son muy alentadoras. Todo lo contrario. El sector logístico naviero da cuenta del fuerte incremento que se producirá entre julio y agosto próximo, aumentando la crisis actual. Si no supimos prever la crisis habitacional y hoy la estamos sufriendo (la padecen los que no tienen vivienda), tampoco aprendimos la lección para evitar la crisis logística–industrial. Es, en comparación, otro síntoma de la misma enfermedad.
Quienes diseñaron y promovieron la impactante radicación de nuevas ramas industriales (hay que asumir que se reabre la abandonada planta de Aurora) tendrían que haber previsto las medidas para asistir los impactos que se producirían en tierras fueguinas. Todo parece haber sido planeado a corto plazo, sin contar con planes para acompañar y mitigar los impactos de un proceso productivo de las características que estamos viviendo.
Algo similar, en otros campos, se observa con los servicios elementales. Años de desinversión en infraestructura básica impiden avanzar en nuevas urbanizaciones por la falta de capacidad para potabilizar agua y tratar los efluentes cloacales. Son los mismos síntomas de la misma enfermedad: cortoplacismo puro.
La solución no pasa por entregarse a la divina providencia para no ser víctima de un tránsito pesado que supera la capacidad urbana de Ushuaia. Tampoco por acostumbrarnos a ver murallas de contenedores en lugar de las costas del canal Beagle y la cordillera de los Andes.
No hay que ser muy avispado para percibir que cualquier solución llegará tarde. No hubiera costado mucho comenzar a gestionar los beneficios de la promoción al tiempo de prever la amortiguación de los impactos urbanos que ésta genera.
En términos generales, todo forma parte del síndrome de imprevisión que nos afecta. Fue el mismo rumbo que tomamos con el IPAUSS con la aprobación de regímenes anticipados audaces, y el abandono de los servicios sanitarios. Otro tanto nos pasó con la provisión de gas, al punto de tener paradas obras enteras por la falta provisión del servicio. Con el desarrollo habitacional sucedió lo mismo y hoy desborda la demanda poblacional.
Todo esto es tan evitable como prevenible. El sentido común más precario indica que se camina hacia el abismo si no se toman algunas decisiones fundamentales. A pesar de esto, seguimos llegando tarde ante situaciones elementales que se producen.
Siempre, demasiado tarde para temprano.

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