os mismos que celebran el endeudamiento en dólares del gobierno nacional hablan de “crisis terminal” cuando una provincia se financia en pesos. No es un error de análisis: es una operación política sostenida en la hipocresía.
Hay una parte del debate público nacional y provincial que ya no resiste el menor análisis serio. Se trata de la doble vara con la que ciertos actores políticos, mediáticos y económicos juzgan el endeudamiento del Estado según quién lo tome. Cuando el gobierno nacional se endeuda en dólares, comprometiendo al país entero por décadas, la decisión es presentada como sensata, técnica y necesaria. Cuando una provincia como Tierra del Fuego recurre a herramientas de financiamiento en pesos, aparece el diagnóstico apocalíptico: crisis terminal, asfixia financiera y colapso inminente.
No es ignorancia. Es cinismo.
Porque cualquiera que conozca mínimamente el funcionamiento de las finanzas públicas sabe que obtener financiamiento no es una señal de quiebra, sino una práctica habitual para sostener la salubridad de las cuentas del Estado. Administrar flujos, cubrir desfasajes temporales y garantizar el pago de compromisos forma parte de la gestión cotidiana. Lo extraño no es financiarse; lo extraño es el relato que se construye cuando lo hace un actor que no comulga con el poder central.
La hipocresía queda expuesta cuando se observa la naturaleza del endeudamiento. La Nación se endeuda en dólares, con bonistas internacionales, con el Fondo Monetario Internacional y bajo la tutela explícita de potencias extranjeras. Ese endeudamiento genera dependencia, riesgo cambiario y pérdida de soberanía económica. Aun así, es defendido con fervor por los mismos que se rasgan las vestiduras ante cualquier movimiento financiero provincial.
Las provincias, en cambio, se financian en pesos, en el mercado interno y con plazos acotados. No comprometen reservas, no exponen a la economía a saltos cambiarios ni condicionan la política pública a organismos externos. Sin embargo, esa lógica prudente es presentada como descontrol, irresponsabilidad o señal de colapso.
Ahí aparece el absurdo: endeudarse en dólares está bien; hacerlo en pesos está mal. Comprometer al país entero es “ordenar la macro”; administrar una provincia es “estar fundidos”. No hay análisis técnico detrás de esa lectura, sólo alineamiento político.
En el caso de Tierra del Fuego, la operación es todavía más burda. Adelantos de ingresos o herramientas financieras de corto plazo, que se cancelan dentro del mismo ciclo fiscal, son utilizados para montar un clima de crisis asfixiante. Se habla de “situación terminal” con una liviandad alarmante, como si repetir la palabra crisis pudiera convertirla en realidad.
Mientras tanto, el endeudamiento nacional crece, se profundiza y se naturaliza. Nadie habla de asfixia cuando los vencimientos son en moneda extranjera. Nadie habla de colapso cuando las decisiones se toman desde Buenos Aires y afectan a todo el país. Ahí la deuda es virtud, es respaldo, es confianza de los mercados.
Este doble estándar no es inocente. Cumple una función política clara: blindar al gobierno nacional y erosionar a las gestiones provinciales que no se alinean con su proyecto. Se construye un sentido común donde sólo una forma de endeudarse es legítima, y casualmente es la que practica el poder central.
Pero los números no mienten, aunque el relato insista. Financiarse no es sinónimo de crisis. Crisis es perder autonomía, entregar soberanía y comprometer generaciones futuras en moneda extranjera. Y eso, paradójicamente, es lo que muchos defienden con entusiasmo mientras señalan con el dedo a Tierra del Fuego.
(*) El Comité Editorial está conformado por un grupo de periodistas de EDFM. El desarrollo editorial está basado en su experiencia, investigación y debates sobre los temas abordados.