l reclamo británico para sancionar a la Selección por exhibir una bandera con la leyenda “Las Malvinas son argentinas” vuelve a desnudar la selectiva neutralidad de la FIFA. La política parece estar prohibida únicamente cuando incomoda a quienes administran el poder.
La Selección argentina derrotó a Inglaterra, avanzó a la final del Mundial y, durante los festejos, algunos jugadores desplegaron una bandera con una afirmación tan breve como categórica: “Las Malvinas son argentinas”. El gesto alcanzó para que el Gobierno británico reaccionara con una velocidad que jamás demuestra cuando se le reclama reanudar las negociaciones por la soberanía de las islas.
La oficina del primer ministro Keir Starmer respondió que “el Mundial puede no ser nuestro, pero las Falkland definitivamente lo son”. El secretario de Negocios, Peter Kyle, calificó la conducta de los jugadores como “completamente inapropiada” y reclamó una investigación de la FIFA. Su argumento fue que la política debe permanecer separada del fútbol. Una curiosa defensa de la neutralidad formulada por dos funcionarios políticos, desde el Gobierno británico y para ratificar una posición política.
Conviene evitar la comodidad de los relatos infantiles. La bandera argentina contiene un mensaje político y las normas disciplinarias de la FIFA restringen ese tipo de manifestaciones dentro de los estadios. La eventual apertura de un expediente, por lo tanto, no sería jurídicamente extravagante. Lo extravagante es la aplicación selectiva de una pureza deportiva que la propia organización vulnera cada vez que le resulta conveniente.
Durante este mismo Mundial, la selección iraní debió establecer su concentración en Tijuana porque Estados Unidos le impidió permanecer normalmente en el territorio donde disputaba sus partidos. Integrantes de su delegación tuvieron problemas con las visas, el equipo fue obligado a ingresar y retirarse bajo condiciones excepcionales y su planificación deportiva quedó alterada por decisiones derivadas directamente del conflicto político entre ambos países. Irán presentó una protesta formal y denunció que ese trato afectaba su descanso, aclimatación y preparación. La proclamada igualdad competitiva quedó estacionada en la frontera.
Allí la política no apareció escrita en una bandera: se convirtió en permisos migratorios, viajes forzados, entrenamientos condicionados y desventajas concretas. Sin embargo, no hubo una indignación equivalente ni una cruzada internacional para sancionar al anfitrión. La neutralidad de la FIFA, al parecer, distingue entre una tela que incomoda y una decisión estatal que perjudica efectivamente a una selección.
La contradicción resulta todavía más evidente al observar las campañas promovidas por la propia organización. La FIFA utiliza sus estadios para difundir consignas contra el racismo, por la paz, la educación, la unidad y la vida saludable. Son causas atendibles, pero inequívocamente políticas. La institución no separa la política del fútbol: selecciona cuidadosamente qué política autoriza y cuál reprime.
En ese catálogo de virtudes universales falta una consigna incómoda: “No al colonialismo”. La omisión no parece casual. Condenar el racismo ofrece prestigio institucional; cuestionar el colonialismo obliga a mirar territorios, recursos naturales, bases militares y potencias que todavía administran enclaves a miles de kilómetros de sus costas. La primera causa mejora la imagen corporativa. La segunda puede irritar a gobiernos influyentes.
Malvinas no es una ocurrencia futbolera ni una provocación nacida después de un gol. Las Naciones Unidas reconocen formalmente la existencia de una disputa de soberanía entre la Argentina y el Reino Unido y reclaman que ambos países encuentren una solución pacífica mediante negociaciones. Londres invoca la autodeterminación de los isleños, pero evita cuidadosamente la parte que lo obliga a sentarse a discutir.
Peter Kyle pide que la pelota no se mezcle con la política, pero su gobierno no tuvo reparos en utilizar una derrota deportiva para reafirmar la ocupación británica. La oficina de Starmer incluso convirtió la controversia en una revancha verbal: perdieron el partido, pero aseguran conservar las islas. Difícil imaginar una mezcla más explícita entre fútbol, nacionalismo y política exterior.
La FIFA puede aplicar su reglamento y probablemente encuentre alguna disposición para castigar a la AFA. Para eso sus códigos suelen ser más eficaces que sus principios. Pero ninguna multa cambiará el fondo de la cuestión: una sanción puede retirar una bandera de una cancha, aunque no puede borrar una disputa reconocida internacionalmente.
Tal vez el verdadero pecado de los jugadores argentinos no haya sido introducir la política en el Mundial. La política ya estaba allí, sentada en el palco, decidiendo visas, eligiendo consignas y administrando silencios. El pecado fue mucho más sencillo: desplegar una bandera que recordó, frente a millones de personas, aquello que el colonialismo británico y la diplomacia selectiva de la FIFA preferirían mantener fuera de cámara.
(*) El Comité Editorial está conformado por un grupo de periodistas de EDFM. El desarrollo editorial está basado en su experiencia, investigación y debates sobre los temas abordados.