Punto de Vista

Qué cagada Rober

13/07/2018
Q

ué cagada Rober. ¿Y ahora?
Ya no te voy a ver entrar a la Redacción con tu voz tan particular, tus bigotes y tu “¡buenas tardes!”, con tus chupines y tus camperas de colores que a veces combinabas de forma un poco dudosa. Porque convengamos que el naranja ladrillo y el amarillo furioso medio que no se llevaban bien, más allá de la percha.
Ya no vamos a compartir tapas en esos cierres que se estiraban más de la cuenta porque nos poníamos a hablar de autos, de política, de periodismo, y que hacían que al día siguiente me llamaras para decirme que teníamos que bajar los horarios.
Ya no vamos a discutir de fútbol, vos defendiendo a capa y espada a un Messi que a mí no me conmueve aunque te reconozco que juega solo, y yo sin negociar mi idolatría por el Diego tan dios y tan terrenal; vos siempre alardeando de tu River millonario y yo orgulloso de mi Temperley gasolero.  
Ya no me vas a preguntar sobre mis hijos, sobre la casa, sobre si ya había terminado de pintarla. Ya no voy a encontrarme con esas sorpresas de tu generosidad espontánea.  
Ya no me vas a contar tus historias, ni hablarme del amor por tus hijos, por tus nietos, por Normita.
Ya no me vas a pedir que vaya sí o sí a Río, que por algo es la ciudad maravillosa, ni nos vamos a chicanear porque a vos te gustaba la nieve y yo casi casi que la detesto.
Ya no vamos a cruzarnos por nuestros criterios encontrados sobre alguna nota, alguna entrevista, alguna tapa, alguna foto, algún Quemá…
Ni tampoco voy a ver tu figura inconfundible, flaca, larga y desgarbada, caminando por la San Martín como despreocupado más allá de las preocupaciones.   
Ya no vamos a hablar de la pelea que le diste hasta el último a esa enfermedad de mierda, siempre optimista, siempre decidido.
Ya no voy a entrar a tu oficina porque no quiero volver a hacerlo. Si ya no estás, ¿para qué?
Qué cagada Rober. ¿Y ahora?
Y ahora voy a hacer como que cada tarde entrás a la Redacción con tus chupines y campera a contramano, que nos saludás con tu sonrisa y esa voz tan tuya. Y que estás en cada cierre, que seguimos discutiendo de todo lo que merece ser discutido y hablando de todo lo que merece ser hablado.
¿Sabés por qué?
Porque como pasa con los viejos, con los amigos, con la gente que querés, te fuiste y quedaron pendientes algunas charlas, y a lo mejor así nos ponemos al día.
Y porque no me alcanza este torpe, atolondrado intento de decirte tantas cosas.

Autor : Norman Munch
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