uchos relatos de los kelpers concuerdan que los soldados argentinos “pedían comida, tan temprano como el 6 de abril, ya algunos se acercaban a los vecinos, con hambre. Muestran preocupación por esos jóvenes, que desabrigados deberían empezar a subir a los cerros, donde el frio era impiadoso. Los sentimientos que describen son encontrados”, hubo reacciones de abierto rechazo y otras donde “los isleños muchas veces vencieron el sentimiento de amigo enemigo y les daban pan y algo caliente” (Alicia Panero. Mujeres invisibles).
La autora recogió “testimonios de las isleñas, mas ocupadas en observaciones domesticas”, que “son casi unánimes al respecto, incluso la señora Sarah G., una vecina de Stanley, recuerda a algunos soldados golpeando su taza metálica en el jardín, para pedir comida. Asegura haber visto oficiales golpeando a los conscriptos, obligándolos a lavar su ropa en el agua helada de la bahía y algunos empujados luego como castigo. Los vio llorando y temblando de frio, y les dio comida, porque pensó en su hijo, lo imagino pasando una situación similar y la sangre le hirvió de rabia (…) Sarah G., pensó en su propio hijo, porque las madres lo son en todas las geografías y en todos los idiomas”.
“Muchas publicaciones particulares, desarrolladas en breves relatos, dan cuenta de los sentimientos de los isleños respecto de la ocupación argentina. Lisa Watson, una niña de once años en 1982, llega a describir como los perros de su padre estaban contentos por esos días, porque estaban sueltos todo el día, para alertar a la familia sobre presencias no deseadas. También cuenta como dos soldados argentinos le pidieron a su papá, que usara sus fusiles para cazar unos patos, porque ellos tenían hambre y no eran buenos disparando”.
“Los argentinos no eran los únicos hombres jóvenes, allí, las investigaciones de los reporteros británicos, arrojaron que había muchos de 17 años entre los marines, y en principio, no les publicaron esas historias. Solo se conocieron después, cuando los protagonistas hicieron sus propios relatos”.
La ternura de la temprana edad de los soldados argentinos quedó reflejada en otro testimonio: “Emma Steen, contó a un reportero inglés, que encontró algunos autitos de juguete en su patio luego de la invasión. Unos soldados los llevaban consigo, y en la retirada se tuvieron que despojar de todo” (op.cit.).