Editorial

La peor peste es la “esquizofrenia cordillerana”

27/03/2020
E

l planteo del intendente de Río Grande, Martín Pérez, de reclamar un “cierre total” de los ingresos a Río Grande “para evitar cualquier tipo de riesgo de contagio” de coronavirus, y su posterior oposición a que la única conexión aérea de Tierra del Fuego con el continente se pudiera realizar desde el aeropuerto de esa ciudad, no sólo ha dejado al descubierto las históricas diferencias que existen entre las dos principales ciudades de la provincia, sino también la falta de análisis sobre el impacto que esas medidas pueden tener.
En principio, la reclamada “clausura” a cal y canto de Río Grande que permita únicamente la circulación de “los camiones de carga y mercadería que ingresan desde la zona norte” no dista demasiado de la restricción al tránsito de particulares por la Ruta 3 que rige desde que el Gobierno fueguino dispuso la cuarentena en Tierra del Fuego.
Por lo tanto se puede suponer que lo que se buscaba con esa medida era restringir el ingreso a Río Grande de todo vehículo proveniente de Ushuaia, lo que obviamente generaría inconveniente en el abastecimiento de combustible de la estaciones de servicio de la ciudad que maneja el intendente Pérez, ya que el suministro de YPF a Tierra del Fuego se realiza vía marítima por la planta Orión de  Ushuaia.
Salvo que se entienda que los conductores de esos camiones, bajo ninguna circunstancia puedan convertirse en potenciales transmisores del virus Covid-19.  
Tampoco parece haberse evaluado el impacto que la negativa a recibir vuelos en Río Grande puede tener para una de las principales actividades del norte fueguino; la hidrocarburífera. Por ejemplo, la falta de vuelos representa una complicación para el reemplazo de la dotaciones de personal de plataforma de las empresa petroleras, lo que podría poner en riesgo el normal abastecimiento de gas que se inyecta  al gasoducto General San Martín.
Resulta preocupante también es que el actual Intendente  de Río Grande y ex diputado por Tierra del Fuego haya sostenido, recién ahora,  que “la llegada de vuelos (a Río Grande) es un riesgo demasiado alto porque posibilitaría la propagación de este virus”, como si ese riesgo no hubiera existido antes, cuando los vuelos que traían de regreso a la provincia a muchos riograndenses arribaban al aeropuerto de Ushuaia.
Pero lo que realmente preocupa es que en momentos en que todos los habitantes de la provincia vivimos horas de incertidumbre y preocupación, y a pesar de ello nos esforzamos por adoptar una conducta de responsabilidad cívica que respete la normas de aislamiento que rigen nuestra vida cotidiana, haya algunos que parezcan estar más interesados en fomentar la falta de solidaridad y la división escudándose en el ruido de las cacerolas y las bocinas.
En resumen, cuando todavía no se sabe a ciencia cierta cómo evolucionará la curva de contagios de covid-19 en Tierra del Fuego, ni cuántos portadores asintomáticos del virus hay en Ushuaia, Tolhuin y Río Grande parece urgente empezar a inocular a ciertos personajes de la política fueguina contra “la peste de la esquizofrenia cordillerana”.

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