shuaia fue empapelada con una obra de “arte urbano” improvisado: cientos de carteles de la campaña “No a las Salmoneras” pegados sobre paredes, vidrieras y hasta puertas, como si la mejor forma de defender el ambiente fuera ensuciar el propio entorno urbano.
Pensemos: pretender cuidar el canal Beagle y tapar la ciudad de papeles que después terminan volando por las calles no parece ser la estrategia más sostenible. Sin duda, distintos son los carteles en vehículos privados y en la esfera privada de cada uno.
El mensaje parece noble: rechazar la instalación de salmoneras y proteger un ecosistema único. Pero la puesta en escena roza lo irónico: ¿de qué sirve gritar “no contaminen el mar” si primero convertimos el centro en un basural visual, pegado sobre vidrieras de terceros?
Quizás el verdadero dilema sea este: ¿salvar las aguas australes o, al menos por cortesía, dejar de arruinar las veredas en nombre del desarrollo sostenible?