l contador Francisco Devita renunció al Ministerio de Economía. Y no renunció una teoría, renunció una persona. Que no es poco. Porque Devita nunca creyó que la economía fuera una planilla que baja del cielo, sino algo que camina: la feria, el mercado, el puesto que se arma y se desarma, el laburo que no sale en los manuales pero sostiene la vida.
Fue un funcionario llano, casi sospechosamente llano. De esos que hablan de números sin olvidar a las personas que los cargan. Ferreo promotor de ferias y mercados productivos porque entendía que vender también es producir. Apostó a capacitar a los que siempre necesitan un empujón más, no porque falten ganas, sino porque sobran obstáculos.
Devita se va sin épica. Pero deja una idea incómoda: que la economía popular no es una excepción, es la regla que muchos prefieren no mirar.