l tablero está siempre desplegado, aunque nadie recuerde quién lo armó. Colores enfrentados, fichas acumuladas en fronteras improbables y líderes que tiran los dados convencidos de que la suerte es una política exterior válida. Cada movimiento se anuncia como defensa, nunca como ataque, y cada retroceso se explica como estrategia. Mientras tanto, la tribuna global se divide en bandos irreconciliables: algunos festejan cada avance como si sumaran puntos; otros gritan trampa, aunque juegan con las mismas reglas absurdas.
Nadie quiere negociar porque negociar sería perder, y perder es inadmisible en una partida donde el objetivo ya no es ganar sino aplastar. Las ideas se fortifican como territorios y cualquier duda se considera traición. El problema no es que el mundo se parezca al TEG, sino que quienes mueven las piezas parecen haber perdido el manual hace rato. Y así seguimos: dados en el aire, fichas cayendo al azar y millones mirando el tablero, sabiendo que no juegan… pero que siempre pagan la partida.