n proyecto de investigación de la Comisión de Investigaciones Científicas (CIC) busca medir cómo la actividad humana deja huellas en ecosistemas antárticos a partir del estudio de una especie común y adaptable: la gaviota cocinera. El trabajo compara poblaciones que habitan la costa de la provincia de Buenos Aires con otras ubicadas en la Base Esperanza, en la Antártida, para evaluar diferencias en dieta, salud y exposición a contaminantes.
La investigación está a cargo de Laura Reyes Jimenez, becaria doctoral de la Comisión de Investigaciones Científicas, y se desarrolla en articulación con el Instituto Antártico Argentino y el Instituto de Investigaciones Marinas y Costeras de Mar del Plata. La elección de la gaviota cocinera no es casual: se trata de una especie omnívora, con alta plasticidad ecológica y una fuerte asociación con asentamientos humanos.
“La gaviota cocinera puede funcionar como bioindicadora del impacto humano en ecosistemas costeros”, explicó la investigadora, al señalar que su presencia en puertos, basurales, zonas turísticas y entornos urbanos permite detectar de manera indirecta la influencia de la actividad humana sobre el ambiente.
La relevancia del estudio radica en su enfoque comparativo. Mientras la costa bonaerense es una región densamente poblada y altamente intervenida, la Base Esperanza constituye uno de los puntos con mayor presencia humana permanente en la Antártida. Analizar una misma especie en ambos contextos permite identificar señales concretas del impacto antrópico en un ecosistema frágil y protegido.
El proyecto se centra en el análisis de la dieta de las aves, la presencia de residuos antrópicos en los nidos y la detección de contaminantes orgánicos persistentes en plumas y sangre. La hipótesis plantea que las gaviotas que viven cerca de asentamientos humanos incorporan plásticos y restos de origen antrópico en su alimentación, que pueden ser medidos como indicadores ambientales.
Para el trabajo de campo, Reyes Jimenez permanecerá tres meses en la Antártida. Durante ese período realiza recorridos sobre la nieve para monitorear nidos, recolectar regurgitados que permiten reconstruir la dieta y tomar muestras biológicas. Algunos ejemplares son capturados para la extracción de sangre y luego anillados para un seguimiento que se extenderá durante tres años.
El estudio también contempla la relación de las gaviotas con su entorno inmediato, incluida la proximidad de pingüineras y antecedentes de presencia de plomo en suelos antárticos, factores que podrían incidir en la salud de las aves.
A partir de este enfoque, la investigación busca aportar evidencia científica concreta sobre cómo la presencia humana, aun en baja escala, puede generar impactos detectables en la fauna antártica y fortalecer el monitoreo ambiental en el continente blanco.