l sendero nació con una intención noble: que alguien pase sin arruinar nada. Pero en Tierra del Fuego eso dura poco. Primero llegaron las motos. No las malas, las entusiasmadas. La moto no distingue sendero de caminante: distingue aburrimiento de diversión. Donde hay bosque ve pista, donde hay silencio ve acelerador y donde había tierra deja un cráter que ni la NASA explica.
Después llegaron las bicicletas. Que no hacen ruido, pero dejan huella moral. El ciclista jura que es ecológico mientras pasa a 40 por un sendero peatonal y te grita “¡voy!” como si eso lo absolviera. El caminante salta junto a la Lenga y agradece seguir vivo.
El resultado es perfecto: los senderos de caminantes están rotos por bicicletas, los de ciclistas por motos y los de motos… también por motos. Todo roto, pero democrático.
Tal vez no falte convivencia: falta algo más raro. Planificación. Y control. Algo que diga “acá motos no”, ¨acá motos sí, “acá bicis sí” y “acá caminá tranquilo, nadie te va a atropellar”.
Difícil. Porque ordenar el sendero es, en el fondo, ordenar a la sociedad fueguina. Y eso sí que es terreno hostil.