n la Ruta Nacional 3 no hay peajes por ahora, pero hay caballos. No pagan patente, no usan chaleco reflectivo y, aun así, circulan con una calma envidiable. Ellos no saben que están infringiendo normas viales; creen que es campo abierto, una especie de living largo donde uno puede pastar y cruzar cuando pinta. El problema es que del otro lado vienen autos, combis, turistas, camiones, laburantes y gente apurada que no esperaba encontrarse con un equino filosófico en plena curva.
La ciudad crece, el tránsito aumenta, pero los controles parecen haberse tomado el día libre. Nadie controla a los caballos y los caballos, nobles pero distraídos, no controlan nada. El riesgo es democrático: para el conductor, para el pasajero y para el propio animal, que no pidió ser protagonista de una tragedia vial.
Así, la Ruta 3 se vuelve un experimento nacional: autos modernos contra caballos ancestrales, con el Estado mirando desde lejos, como si fuera una postal pintoresca y no un problema urgente.
Porque el caballo suelto no es folklore: es abandono, desidia y peligro… a cuatro patas.