fuera de la carnicería, los pichichos montaron guardia como si el mostrador fuera frontera caliente. No ladran: hacen silencio estratégico. Saben leer carteles mejor que muchos humanos: nalga, vacío, picada; cada palabra es una promesa. Uno duerme con un ojo abierto, otro toma sol en la vereda y el tercero ensaya cara de “adopción urgente”. El cuarto, el más veterano, calcula horarios: cuando bajan los precios, suben las esperanzas. El viento trae perfume a asado y la paciencia se cotiza en kilos. No piden fiado, esperan el error humano: una bolsa mal atada o un recorte solidario. La carnicería vende ofertas; ellos compran tiempo. Si el mercado existe, aquí está su versión canina: oferta, demanda y siesta. Y mientras esperan, recuerdan que la tenencia responsable no es un slogan: es una puerta que debería abrirse antes que la de la carnicería.