n Ushuaia uno aprende que caminar por el centro de la ciudad es un deporte extremo. La vereda no es un derecho: es una posibilidad teórica, como el verano fueguino.
Pasto salvaje, yuyos militantes y rampas imaginarias arman un circuito donde el peatón compite contra la botánica y pierde. El vecino, que adoptó la vereda como extensión selvática de su jardín, aporta su cuota de abandono. Y el municipio, que mira para otro lado como si la maleza fuera patrimonio cultural, completa la obra. Doble autoría del obstáculo: uno no corta y el otro no controla.
Así, en pleno centro, a tan solo pocas cuadras de Casa de Gobierno y de la Intendencia, transitar es una aventura. La accesibilidad de las personas con discapacidad queda para el discurso; el yuyal y la desidia, para el común de los mortales.