n letrero, veinte palabras y cero diplomacia: la poesía mínima del ultimátum vecinal. No hay subordinadas, ni matices, ni pie de página jurídico. Solo una idea comprimida al vacío: si tiras basura, te toca la rechucha comunitaria. Es la prueba empírica de que el lenguaje, cuando se depura como un algoritmo eficiente, elimina adornos y deja puro mensaje operativo. Nada de “por favor” ni campañas educativas; aquí la sintaxis es corta, el verbo es directo y la consecuencia es inmediata. Economía verbal en estado puro: pocas palabras, máxima disuasión. No hay forma de argumentar incapacidad de comprensión por falta del dictado de clases.