a escena no es una excepción: es la rutina. Así se transita por la Ruta Nacional N°3, entre nubes de polvo que anulan la visibilidad y convierten cada instancia en una apuesta a ciegas. Los vehículos avanzan a tientas, mientras el ripio suelto y los baches completan el combo perfecto para el siniestro anunciado. A ese paisaje se suman ciclistas, caminantes, motociclistas, cuando no caballos, todos obligados a compartir la traza, expuestos a ser invisibles en medio de la polvareda. El riesgo es evidente, cotidiano y evitable. Pero para la Dirección Nacional de Vialidad, la peligrosidad parece ser apenas una molestia estadística: algo que se mide después, cuando ya es tarde.