lrededor de esta fecha, se produce el incendio del aserradero de Lapataia, que termina con su destrucción total. Hasta ese entonces, la actividad maderera se había convertido en la más promisoria de la isla y ese establecimiento manufacturero era el de mayor envergadura de Tierra del Fuego. El siniestro incluyó también la pérdida del taller de carpintería y la herrería que allí funcionaban.
Allí se producían tablones, postes y varillas destinados a varios puntos del país, pero la dependencia absoluta de los transportes marítimos trababa su progreso, según la descripción de Silvana Ceccarelli, en su libro “El Penal Fueguino”.
Su ubicación, a veinticinco kilómetros de Ushuaia, había convertido a Lapataia en otro centro poblacional. En el lugar se desempeñaban numerosos empleados, con las instalaciones necesarias para su afincamiento en las cercanías.
Según describe Ceccarelli, se habían erigido casas, galpones, depósitos, obrajeros y un muelle, construidos en madera y chapas de zinc, que daban una particular conformación al entorno de la bahía. “Además, era tradicional el albergue y la hospitalidad que el administrador junto con su familia y peones ofrecían a los viajeros que se acercaban hasta el lugar, de los que se destacaba la comida que les servían con los frutos de su propia huerta, como lo manifestara en su oportunidad (el periodista Roberto J.) Payró”.
Esta dinámica podría haberse profundizado si se hubiera cumplido el proyecto de instalar la colonia penal en Lapataia, que tenía como propósito integrar a los reclusos con la actividad industrial y hortícola, y en tareas de auxilio de la navegación del canal de Beagle.
El ingeniero Catello Muratgia, a principios de 1900, fue encomendado para inspeccionar las existencias remanentes del siniestrado aserradero, con el propósito de evaluar los elementos necesarios para su reconstrucción. El año siguiente, un decreto dispuso que se destinen 2500 hectáreas de Lapataia para la instalación del establecimiento penal, que debía construirse con materiales autóctonos. Pero, las presiones de los comerciantes locales fueron tan fuertes, que impidieron la concreción de la iniciativa y, en 1902, se puso la piedra fundamental del presidio en Ushuaia.