urante años, Laguna Esmeralda era la postal perfecta: agua verde entre montañas, bosque fueguino y el murmullo de la vida silvestre. Hoy caminar por el sendero es ver basura dispersa, puestos improvisados vendiendo comida sin habilitación, alquileres de equipos sin control, visitantes perdidos y miradores sin mantenimientos básicos. La ausencia de baños, señalización y personal que ordene los flujos revela que el “paraíso natural” se convirtió en un espacio donde cada quien hace lo que quiere, y muchas veces sin mirar.
El problema es que el precio de esa improvisación lo paga el ecosistema mismo: suelos erosionados, cursos de agua alterados y un sendero que ya no sabe si es área protegida o feria al aire libre.
La Esmeralda no es ajena al entorno, está pasando de ser un icono natural a una metáfora del caos moderno: un lugar donde la foto ideal se quema con la realidad descontrolada que lo rodea.