altan 195 días para el primer partido del mundial y la visión estratégica de algunos ya se hace notar: la primera pantalla pública ya está instalada, apoyada con precisión quirúrgica contra un poste, con una elegancia vintage que ni el fútbol consiguió olvidar. La idea es clara: anticiparse a la demanda global sin molestarse en que funcione, porque el verdadero espectáculo es ver cómo la comunidad integra residuos tecnológicos a sus rituales colectivos. Aquí no hay abandono, hay economía circular mal interpretada: del living a la vereda, sin pasar por ningún remordimiento. Mientras el mundo se prepara para celebrar goles, nosotros ensayamos la metodología local: convertir la basura en infraestructura pública y confiar en que alguien, más optimista o menos prudente, intente hacer el milagro de encenderla, o de retirarla. Un mundial con identidad propia, donde el compromiso ciudadano se mide por la cantidad de objetos que se dejan, no por los que se quitan.