urante años, los glaciares fueron algo lejano, casi invisible. Estaban ahí, arriba, en la montaña, cumpliendo su función sin pedir permiso ni atención. Reservas de agua, paisaje, equilibrio. Algo que se daba por hecho.
Hoy esa idea empieza a correrse. La discusión ya no es sobre el hielo en sí, sino sobre qué se permite hacer alrededor. La reforma de la Ley de Glaciares redefine ese límite: achica las áreas protegidas y abre la puerta a actividades que antes estaban vedadas, en nombre de la inversión y el desarrollo.
El problema es que ese cambio no es técnico, es conceptual. Porque al redefinir las áreas protegidas, se habilitan actividades en zonas que antes estaban resguardadas. Y en lugares como Tierra del Fuego, donde esas áreas están vinculadas al agua y al equilibrio ambiental.
No es solo minería o ambiente. Es hasta dónde se está dispuesto a correr el límite. Porque cuando el agua deja de ser una certeza y pasa a ser una variable, el problema ya no es el hielo. Es todo lo que depende de él.