ientras el debate sobre la integración territorial vuelve a encenderse, resurge -como esas ideas que nunca terminan de irse- el ambicioso proyecto de un túnel bajo el Estrecho de Magallanes. Una obra colosal, casi cinematográfica, que promete unir el continente con Tierra del Fuego sin escalas ni permisos ajenos. Soberanía, desarrollo, futuro: palabras grandes para un render prolijo.
Pero el contraste incomoda. Porque mientras se imaginan kilómetros de ingeniería submarina, las rutas nacionales del sur argentino cuentan otra historia bien distinta: baches, banquinas deshechas, señalización ausente y mantenimiento que llega tarde o nunca. El viaje real, ese que tantos fueguinos hacen cada año, está lejos de cualquier épica.
Así, el túnel aparece más como un espejismo que como un plan concreto. Una postal aspiracional que convive con la precariedad cotidiana. Tal vez antes de perforar el fondo del mar, habría que mirar -y arreglar- lo que ya está a la vista.