A la Argentina parece irle bien; a los argentinos, todavía no tanto
Editorial

A la Argentina parece irle bien; a los argentinos, todavía no tanto

Por: Comité Editorial EDFM
27/05/2026
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ay una frase que resume el clima económico argentino con más precisión que muchos indicadores: a la Argentina parece irle bien, pero a los argentinos no tanto. No es una consigna opositora ni una impugnación automática del programa económico. Es la descripción de una brecha: de un lado, las variables que mira el mercado; del otro, las que pesan sobre la vida diaria.

Desde diciembre de 2023, el Gobierno construyó su relato sobre una promesa simple: ordenar el Estado para ordenar la economía. En términos fiscales, el cambio fue contundente. El sector público pasó a mostrar superávit, una novedad relevante para una economía acostumbrada al déficit crónico. También la inflación dejó atrás el vértigo inicial posterior a la devaluación y al sinceramiento de precios relativos.

Pero ahí aparece la primera paradoja: lo que para el Gobierno es estabilización, para muchas familias sigue siendo pérdida de poder adquisitivo. Que los precios suban menos no significa que los ingresos alcancen más. La macro puede mejorar y, al mismo tiempo, la vida cotidiana puede seguir deteriorada.

La economía ofrece argumentos para el optimismo oficial: disciplina fiscal, menor inflación que en 2023 y 2024, respaldo del FMI, menor emisión, cierta recomposición del frente externo y una narrativa de previsibilidad que seduce a inversores. Pero la pregunta relevante no es sólo si la macro mejoró. En varios aspectos, mejoró. La pregunta es quién percibe esa mejora, cuándo llega y a qué costo.

El problema argentino de este período no es sólo económico: es distributivo, político y moral. El ajuste puede cerrar una planilla fiscal, pero no necesariamente recompone una biografía familiar. La inflación puede bajar, pero si antes licuó salarios, jubilaciones, ahorros y capital de trabajo, la desaceleración posterior no devuelve automáticamente lo perdido. Que el Estado gaste menos no significa que la sociedad esté mejor provista. Que el riesgo financiero baje no implica que haya desaparecido el riesgo cotidiano.

Los datos sociales muestran esa tensión. La pobreza alcanzó niveles muy altos en 2024 y luego comenzó a bajar, pero todavía afecta a millones de personas. La mejora estadística es relevante, aunque no habilita triunfalismos: la pobreza baja, pero sigue alta; la indigencia retrocede, pero no desaparece; la estadística mejora, pero la fractura social permanece.

El empleo tampoco acompaña con la fuerza necesaria. Una estabilización sin creación clara de trabajo se vuelve frágil. Puede servir para evitar el colapso, pero no necesariamente para construir bienestar. Lo mismo ocurre con la actividad: hay sectores con dinamismo, como energía, minería, agro, finanzas y algunos servicios, mientras otros siguen golpeados, como comercio, construcción, industria pyme, consumo masivo y economías regionales.

El cierre de establecimientos fabriles agrega una dimensión más concreta a esa fragilidad. Desde diciembre de 2023, relevamientos privados sobre registros oficiales y sectoriales advierten una reducción del entramado productivo: Fundar contabiliza 24.437 empleadores menos hasta febrero de 2026, mientras informes del Observatorio IPA estiman casi 3.000 empresas industriales cerradas y 79.672 puestos fabriles registrados perdidos desde el inicio de la gestión. Más allá de la disputa metodológica, el dato político es nítido: cada planta que baja la persiana convierte la estabilización macro en una experiencia de desempleo, suspensiones, caída de ingresos locales y comercios que venden menos.

La estabilización macro no se distribuye automáticamente sobre la microeconomía. Puede haber país ordenado en los papeles y familias desordenadas en su presupuesto. El consumo es quizá el termómetro más claro: muchos hogares todavía ajustan cantidades, cambian marcas, postergan compras y financian gastos corrientes con tarjeta. La mejora macro convive con una economía doméstica defensiva.

Ahí aparece la distancia central. La macro celebra que el Estado no emite para financiar déficit. La familia observa que la tarjeta reemplaza al salario. La macro celebra que el dólar no se desborda. El comerciante observa que vende menos unidades. La macro celebra que la inflación mensual ya no es de dos dígitos. El jubilado observa que medicamentos, alimentos y servicios siguen pesando más que su ingreso. La macro celebra que el país vuelve a ser “creíble”. El trabajador informal observa que su ingreso quedó fuera de toda paritaria.

El Gobierno tiene razón en una cosa: sin estabilidad no hay recuperación sustentable. Pero sus críticos también tienen razón en otra: la estabilidad no puede ser el nombre elegante de una sociedad exhausta. Un programa económico puede ser técnicamente consistente y socialmente insuficiente al mismo tiempo. Puede mejorar expectativas financieras y empeorar, durante demasiado tiempo, la calidad de vida de millones.

La discusión de fondo es si el ajuste fue un puente o se convirtió en paisaje. Si fue una cirugía dolorosa para evitar una crisis mayor, necesita mostrar pronto una recuperación palpable del ingreso, el empleo y el consumo. Si se transforma en método permanente de gobierno, corre el riesgo de confundir austeridad con proyecto de país. Una economía no se ordena sólo cuando cierran las cuentas públicas; se ordena cuando la previsibilidad llega también al alquiler, al salario, al changarín, al almacén, al aula, al hospital y a la pyme.

El oficialismo suele responder que el punto de partida era catastrófico. Es cierto. Argentina venía de inflación altísima, cepo, déficit, reservas débiles, distorsión tarifaria, atraso cambiario y pérdida de confianza. Pero la herencia explica el origen del programa; no garantiza su legitimidad indefinida. Toda política económica necesita resultados sociales para sostener su autoridad. La paciencia social no es infinita, y menos cuando el sacrificio está distribuido de manera desigual.

Porque no todos ajustaron igual. La macro mide promedios; la vida cotidiana mide márgenes. Y para muchos argentinos, el margen se achicó hasta volverse angustia.

El riesgo político para Milei no es sólo que fracase la macro. El riesgo más complejo es que la macro muestre avances, pero esos avances no construyan una mayoría social satisfecha. Una sociedad puede tolerar el ajuste si cree que es transitorio, justo y eficaz. Pero empieza a retirarle legitimidad cuando percibe que el esfuerzo no tiene fecha, que los beneficios se concentran o que la mejora siempre está por venir.

La idea de que “la casta” pagó el ajuste también queda bajo tensión cuando el propio Gobierno le pide paciencia a la sociedad. Si el ajuste sólo hubiera consistido en quitarle recursos a una burocracia improductiva para devolvérselos a quienes producen, trabajan y consumen, el alivio debería sentirse con mayor nitidez en la economía doméstica

La Argentina necesitaba ordenar su economía. Negarlo sería irresponsable. Pero también necesita evitar una trampa conocida: creer que el país mejora cuando sólo mejoran sus indicadores financieros. El verdadero éxito no será únicamente que el Tesoro tenga superávit, que el FMI apruebe una revisión o que la inflación baje desde niveles insoportables. Eso es condición necesaria, no destino final.

Un país no es una hoja de cálculo. Es una comunidad de ingresos, expectativas, temores y oportunidades. La macro puede anunciar que el incendio fue controlado. Pero si adentro de la casa la gente sigue respirando humo, todavía no hay normalidad.

La estabilización será políticamente duradera sólo si deja de ser una promesa estadística y empieza a sentirse como alivio concreto. Hasta entonces, el Gobierno podrá mostrar números mejores que los de la crisis. Pero millones de argentinos seguirán preguntándose cuándo esa mejora dejará de hablar en nombre del país y empezará, por fin, a llegarles a ellos.

Por eso, la frase “a la Argentina le va bien, pero a los argentinos no tanto” no debe leerse como ironía, sino como un serio indicador de la realidad.

 

 

(*) El Comité Editorial está conformado por un grupo de periodistas de EDFM. El desarrollo editorial está basado en su experiencia, investigación y debates sobre los temas abordados.

 

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