a intención es impecable: dejar alimento para los perros callejeros que recorren Ushuaia y necesitan una ayuda. El problema aparece cuando el comedero solidario se transforma, como muestra la imagen, en un concurrido restaurante para gaviotas. Y ellas, evidentemente, no preguntan si hay reserva.
La escena resulta simpática, pero detrás de la postal hay una cuestión menos graciosa. Que aves y perros compartan recipientes destinados a la alimentación no es precisamente la combinación más aconsejable desde el punto de vista sanitario, por la posibilidad de circulación de parásitos y otros agentes transmisibles.
Así, una iniciativa nacida de la solidaridad termina enfrentándose con una de esas paradojas urbanas que obligan a revisar las buenas ideas cuando la realidad incorpora invitados inesperados. Porque alimentar a los animales callejeros es un gesto noble. El desafío es conseguir que el comedor no