Hongos antárticos abren nuevas rutas biotecnológicas
Investigación y ciencia polar

Hongos antárticos abren nuevas rutas biotecnológicas

Un estudio científico creado por instituciones argentinas concluyó que los hongos antárticos constituyen una fuente todavía poco aprovechada de compuestos y enzimas con posibles aplicaciones farmacéuticas, cosméticas e industriales.
03/09/2026
E

l frío extremo, los ciclos de congelamiento, la elevada radiación ultravioleta y la escasez de nutrientes obligaron a los hongos antárticos a desarrollar mecanismos de supervivencia que hoy despiertan interés científico. Esas adaptaciones incluyen moléculas bioactivas y enzimas capaces de funcionar a temperaturas en las que otros sistemas pierden eficacia.

La investigación realizada por especialistas del NANOBIOTEC UBA-CONICET, el Instituto Antártico Argentino, la Universidad Nacional de San Martín, la UMYMFOR y la Facultad de Farmacia y Bioquímica de la UBA encontró evidencias de que los hongos antárticos producen compuestos con actividad antioxidante, antimicrobiana, antiinflamatoria y fotoprotectora, además de enzimas capaces de actuar a bajas temperaturas. Los autores definieron a estos organismos como “un recurso genético valioso y todavía subexplotado”.

Entre los antecedentes recopilados aparece un hongo del género Arthrinium, obtenido de una macroalga antártica, cuyos metabolitos absorbieron radiación ultravioleta y redujeron el daño oxidativo en células y modelos de piel humana sin mostrar toxicidad en esas pruebas.

La evidencia analizada también incluye moléculas activas contra bacterias, levaduras, hongos patógenos y microorganismos resistentes. Uno de los casos es un hongo, Penicillium nalgiovense, aislado del suelo de un antiguo nido de pingüinos, que produjo anfotericina B. Según el trabajo, fue el primer registro de ese antifúngico en un organismo distinto del que se obtiene tradicionalmente.

Además de esos compuestos, el estudio analizó las enzimas que permiten a los hongos antárticos mantenerse activos en ambientes fríos. Algunas, como las lipasas, proteasas y amilasas, funcionan con eficiencia por debajo de los 20 grados. Al no requerir temperaturas elevadas, podrían reducir el consumo de energía y evitar la pérdida de sustancias sensibles al calor en procesos alimentarios, farmacéuticos, cosméticos, de fabricación de detergentes y de remediación ambiental.

Esa ventaja tiene un límite: la flexibilidad que les permite trabajar a bajas temperaturas también reduce su estabilidad frente al calor. Si bien señalan que la inmovilización y la ingeniería de proteínas pueden mejorar su resistencia, aunque la mayoría de las alternativas todavía no alcanzó una aplicación clínica o industrial.

La excepción más importante es la lipasa B de Moesziomyces antarcticus o Candida antarctica. El microorganismo fue aislado entre 1967 y 1969 de sedimentos del lago Vanda por científicos japoneses y su enzima se convirtió luego en la base de biocatalizadores comercializados en todo el mundo. El caso demuestra que una muestra antártica puede llegar al mercado, pero también expone el vacío que rodea a su explotación.

El Sistema del Tratado Antártico establece que los resultados científicos deben compartirse y preserva las posiciones de soberanía de los Estados, pero no cuenta con un régimen específico para el aprovechamiento comercial de los recursos genéticos obtenidos en el continente. Por lo tanto, no determina quién adquiere los derechos sobre esos desarrollos ni cómo deben distribuirse las ganancias.

Los biocatalizadores derivados de ese hongo se comercializan en un mercado de cientos de millones de dólares sin que exista un mecanismo para compartir los beneficios. Por eso, los autores proponen acordar reglas que definan quién puede acceder a los recursos genéticos antárticos, bajo qué condiciones puede utilizarlos y cómo se distribuirán los ingresos generados por su explotación comercial.

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