shuaia tiene montañas, bosque, mar, nieve y una extraordinaria capacidad para ofrecer paisajes que no necesitan demasiados retoques. Sin embargo, algunos visitantes parecen considerar insuficiente semejante despliegue de la naturaleza y sienten la imperiosa necesidad de dejar constancia de que estuvieron allí.
El método es sencillo: una calcomanía, cualquier cartel disponible y vocación de eternidad. Así, el reverso de una señal vial en el ingreso a la ciudad termina convertido en una suerte de álbum colectivo donde conviven clubes, viajeros, ciudades, marcas y mensajes de procedencia indescifrable.
Puede resultar pintoresco. Incluso simpático, si se mira con indulgencia. El problema aparece cuando la simpática costumbre se multiplica hasta transformar el mobiliario urbano en una cartelera sin dueño.
Paradójicamente, en una ciudad célebre por la magnificencia de su paisaje, prospera una nueva disciplina turística, de dudoso buen gusto: venir a admirar el fin del mundo y dejarle pegada una calcomanía.