n Deloqui, pleno centro de Ushuaia, alguien abandonó un carro cargado de basura sobre la vía pública. Y allí quedó. No escondido en un baldío ni perdido en la periferia: frente a un hotel que aloja a una delegación extranjera de esquí.
Pero tranquilos: nadie parece verlo.
Los turistas pasan, los autos esquivan, los funcionarios circulan y el carro ya forma parte del paisaje. Casi patrimonio urbano. Tal vez pronto le coloquen una placa.
Porque el problema ya no es solamente quién lo abandonó. Es cuánto tiempo puede permanecer ahí sin que a nadie le importe.
La desidia también se aprende. Se tolera, se incorpora y finalmente se naturaliza. Hasta que una ciudad extraordinaria comienza a parecer abandonada por sus propios habitantes.
Y eso tiene un nombre: desamor urbano.