La bandera que nunca fue desplegada
Ficción editorial

La bandera que nunca fue desplegada

Por: Comité Editorial EDFM
16/09/2026
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Un resultado deportivo no “causa” por sí solo un giro geopolítico, pero puede alterar el clima social y, sobre todo, la capacidad del Gobierno para aprovechar una coyuntura internacional que después se vuelve excepcional. El punto de partida real es potente: Argentina derrotó 2-1 a Inglaterra, los jugadores desplegaron la bandera y el episodio trascendió inmediatamente el fútbol. Meses después, el escenario internacional efectivamente convirtió Malvinas en una cuestión de tensión entre Washington y Londres y produjo un giro muy marcado en el discurso de Milei.-

Lo que sigue es una ficción contrafáctica sobre el partido que pudo cambiar algo más que un Mundial

El pitazo final sonó en Atlanta pasadas las 18 horas. Inglaterra 3 - Argentina 2. Durante algunos segundos nadie hizo nada. Los futbolistas ingleses corrieron hacia una cabecera mientras los argentinos quedaron dispersos sobre el césped. Desde las tribunas bajó el murmullo de miles de personas que descubren al mismo tiempo que aquello que esperaban ya no sucederá.

Detrás de uno de los arcos, un hombre comenzó a enrollar una sábana blanca. La había mantenido doblada durante los noventa minutos, esperando el momento. Nunca llegó. Sobre la tela había escrito con enormes letras negras: LAS MALVINAS SON ARGENTINAS.

La guardó en una mochila y salió del estadio. Nadie la fotografió. Ningún jugador la sostuvo. Ninguna agencia transmitió aquella imagen. La bandera existió. La historia, no.

A la mañana siguiente, una pantalla repetía imágenes de la eliminación cuando comenzó la reunión de gabinete.

-Bueno, dijo el Presidente. Perdimos.

Sobre la mesa había un informe sobre el humor social. Algunos números económicos alentaban al Gobierno, pero las estadísticas tenían dificultades para conversar con las heladeras. La recuperación seguía resultando abstracta y el sacrificio empezaba a condensarse en una pregunta menos confortable: ¿cuánto falta? La derrota no provocaba un problema político. Simplemente no ayudaba.

-En una semana nadie va a hablar de esto, aseguró un funcionario.

Tenía razón. Y precisamente allí comenzaba esta historia.

Porque en otra Argentina, una que nunca existiría en ese universo, el país había derrotado a Inglaterra. Los jugadores habían celebrado y sostenido frente a las cámaras una bandera: LAS MALVINAS SON ARGENTINAS. La fotografía había recorrido el planeta.

Tres semanas después, el fútbol ya era una anécdota. Las diferencias entre Londres e Israel por Medio Oriente se profundizaban y Washington observaba con creciente irritación las posiciones británicas. En Washington, Trump pidió instrumentos para presionar a Londres. Le hablaron de comercio, defensa e inteligencia. Ninguna opción pareció interesarlo hasta que un funcionario mencionó una palabra: Malvinas.

Le explicaron que Estados Unidos podía incomodar a Londres sin necesidad de reconocer inmediatamente la soberanía argentina. Bastaba con alterar una certeza diplomática mantenida durante décadas.

- ¿Y Milei? interrogó el presidente norteamericano.

La pregunta abrió otro problema. La posición argentina era inequívoca. La del Presidente había sido bastante menos lineal.

Durante buena parte de su gobierno, Milei había sostenido el reclamo formal de soberanía, pero había introducido una idea incómoda para la doctrina histórica argentina: la voluntad de los habitantes de las islas. Había llegado a imaginar una Argentina tan próspera que los propios isleños decidieran algún día ser argentinos. Ahora Washington preguntaba si estaba dispuesto a recorrer el camino exactamente inverso: dejar de considerar su voluntad como elemento político relevante y sostener que, por tratarse de una población implantada, la autodeterminación no resultaba aplicable.

-Pregúntenle, ordenó Trump.

La consulta llegó a Buenos Aires: ¿qué haría la Argentina si Estados Unidos reconsiderara su posición respecto de la disputa?

Esa noche hubo una reunión extraordinaria. Sobre la mesa aparecieron mapas, resoluciones de Naciones Unidas e informes sobre pesca, petróleo, proyección marítima y Antártida.

-Esto puede ser histórico, dijo un funcionario.

-O una trampa, respondió otro. Washington puede utilizar Malvinas para presionar a Londres y olvidarse cuando consiga lo que quiere.

Pero tenemos otro problema deslizó el funcionario.

-Hasta ahora sostuvimos que algún día los isleños podían elegir ser argentinos. Si avanzamos por este camino tendremos que decir otra cosa: que no tienen derecho a decidir la soberanía porque son una población implantada. No es un cambio de matiz. Es cambiar el argumento.

-La soberanía argentina no cambió, aseguró Milei.

-No. Lo que cambia es el fundamento político con el que Usted la defiende.

Pero había algo más. Durante años el mileísmo asoció soberanía con prosperidad y libertad económica. Había cuestionado restricciones a la adquisición extranjera de tierras, relativizado el valor de bienes estatales considerados improductivos y defendido modificaciones sobre recursos naturales en nombre de la inversión. Ahora la oportunidad internacional exigía hablar otro idioma: territorio, recursos estratégicos, integridad territorial, control estatal e interés nacional.

-Malvinas es diferente, dijo Milei.

-Ese va a ser justamente el problema, respondió el asesor. Tendremos que explicar por qué una tierra puede ser prescindible cuando pertenece al Estado, atractiva cuando la compra un inversor y, al mismo tiempo, irrenunciable cuando está ocupada por una potencia extranjera.

Nadie respondió. El giro comenzaba allí.

No consistía en que Milei hubiera descubierto de pronto que las Malvinas eran argentinas. Nunca había dejado formalmente de reivindicarlas. Era algo políticamente más profundo: estaba modificando la idea de soberanía desde la cual pretendía reclamarlas.

Hasta entonces su razonamiento había colocado primero la prosperidad: una Argentina rica, libre y exitosa terminaría haciendo atractiva la pertenencia al país. Ahora la secuencia comenzaba a invertirse.

La prosperidad necesitaba territorio; el territorio, capacidad de defensa; los recursos, protección; y la libertad económica, finalmente, necesitaba una Nación soberana que estableciera dónde podía actuar el mercado y dónde terminaba su jurisdicción.

Washington había abierto una puerta que obligaba al libertario a pensar como jefe de Estado.

Londres comprendió rápidamente la magnitud del movimiento. Estados Unidos no necesitaba reconocer la soberanía argentina para provocar una crisis. Le bastaba con poner en duda una previsibilidad de décadas. Israel, enfrentado con Londres y cercano a Buenos Aires, también vio una oportunidad. Las cuatro capitales comenzaron a moverse sobre el mismo tablero: Washington insinuaba, Londres calculaba, Jerusalén evaluaba cuánto acompañar y Buenos Aires intentaba decidir hasta dónde estaba dispuesto a modificar su propio discurso.

Trump hizo llegar un nuevo mensaje: estaba dispuesto a plantear que la cuestión de soberanía debía reconsiderarse.

Entonces el problema dejó de ser teórico.

En la Casa Rosada comenzaron a redactar el discurso presidencial. Una versión decía: “Las Malvinas representan territorio, recursos naturales, proyección marítima y seguridad estratégica”.

Milei la leyó.

-Parece escrito por un estatista, afirmó ofuscado.

Uno de sus asesores respondió: Podría haberlo escrito cualquier gobierno británico. Todas las potencias defienden territorio, recursos y posiciones estratégicas. No es estatismo. Es poder.

Milei lo miró a los ojos y le respondió: nosotros sostenemos que el mercado asigna mejor los recursos

Entonces tendremos que aceptar que hay cosas que no son mercancías, sugirió el asesor.

La frase dejó la habitación en un tenso silencio.

Porque si existían bienes cuyo valor no podía determinar el mercado, la discusión excedía Malvinas. ¿Qué ocurría con los glaciares? ¿Con el agua? ¿Con las tierras fiscales? ¿Con terrenos militares considerados innecesarios? ¿Con los recursos naturales? ¿Una tierra era improductiva porque no generaba rentabilidad o estratégica porque garantizaba presencia territorial?

Y había una contradicción todavía más incómoda. Mientras el Gobierno nacional reclamaba frente a Londres el respeto por la integridad territorial argentina, mantenía intervenido el puerto de Ushuaia, en la capital de la provincia que comprende a las Islas Malvinas, desplazando a la autoridad provincial sobre una infraestructura estratégica situada en su propio territorio. Salvando las evidentes diferencias históricas, jurídicas y de escala, el paralelismo político resultaba difícil de ignorar: se denunciaba una usurpación externa mientras, puertas adentro, se ejercía sobre una provincia una lógica de ocupación y control que tensionaba el federalismo que la propia Constitución consagra. ¿Con qué autoridad podía reclamarse afuera el respeto por la soberanía territorial si dentro del país la Nación relativizaba la autonomía de una provincia sobre uno de sus activos estratégicos?

La contradicción ya no podía esconderse detrás de una cuestión semántica. El mismo Gobierno que había reivindicado la apertura económica debía explicar ahora que determinadas empresas extranjeras podían ser castigadas por explotar recursos que la Argentina consideraba propios, incluso cuando esas actividades ocurrieran en territorios que Buenos Aires no controlaba efectivamente.

La soberanía dejaba de ser una consecuencia futura de la prosperidad. Empezaba a convertirse en una condición para protegerla.

Israel movió entonces una pieza, reclamó negociaciones y destacó los intereses históricos argentinos. Londres protestó. Washington tomó nota. Malvinas volvió a las portadas.

Pero había una diferencia fundamental con aquella otra historia posible: el tema llegaba desde arriba, impulsado por gobiernos. No había nacido en una tribuna. Era diplomacia sin épica, oportunidad sin símbolo.

Finalmente Milei habló desde la Casa Rosada.

Ya no pidió que algún día los habitantes de las islas eligieran ser argentinos. Esta vez sostuvo exactamente lo contrario: al tratarse de una población implantada después de la ocupación británica, su voluntad no podía determinar la soberanía del territorio.

Después avanzó sobre los recursos. Las empresas que participaran directa o indirectamente de explotaciones consideradas ilegales deberían elegir: hacer negocios en las islas o hacerlos en la Argentina.

Era difícil imaginar un giro más significativo.

El Presidente que había construido buena parte de su identidad política alrededor de la libertad de mercado utilizaba ahora el tamaño del mercado argentino como instrumento de coerción económica para defender una reivindicación territorial. El Gobierno que había cuestionado la intervención estatal recurría al Estado para decidir qué inversiones eran incompatibles con el interés nacional. Y el dirigente que había sugerido conquistar la voluntad de los isleños mediante la prosperidad afirmaba ahora que esa voluntad carecía de efectos sobre la soberanía.

No había abandonado el liberalismo. Había descubierto sus límites cuando el mercado chocaba contra el territorio.

Esa noche los canales discutieron si Milei había cambiado por convicción, pragmatismo u oportunismo. Un historiador hizo una observación:

-A todo esto le falta una imagen.

-¿Qué imagen?

-Las grandes causas necesitan símbolos. Una cosa es que un gobierno descubra una causa y otra que una causa encuentre a un gobierno.

Meses después apareció un video filmado desde la tribuna la noche de la derrota. Duraba nueve segundos. Mostraba a un hombre sacando parcialmente una sábana blanca.

-¿La vas a mostrar?

-Ya está. Perdimos.

Y volvía a guardarla.

Al ampliar la imagen podían leerse las palabras: LAS MALVINAS SON ARGENTINAS

Encontraron al hombre.

-¿Qué habría hecho si Argentina ganaba?

-Iba a intentar acercársela a los jugadores.

-¿Cree que la hubieran desplegado?

-No sé, calculo que sí.

-¿Se imagina esa fotografía?

El hombre sonrió y respondió: ¿Te imaginás el kilombo que se hubiese armado?

Años después, aquel episodio serviría para discutir los límites de la historia contrafáctica. Sería absurdo afirmar que un partido podía modificar por sí solo la política exterior de Estados Unidos, Israel o Gran Bretaña. Las tensiones internacionales habrían existido igualmente.

Pero algo habría sido diferente.

La victoria habría generado el festejo; el festejo, la bandera; la bandera, la fotografía y la fotografía habría atravesado fronteras y devuelto Malvinas al centro de la conversación argentina antes de que apareciera la oportunidad internacional.

El fútbol no habría cambiado la geopolítica, habría cambiado el momento en que la geopolítica encontró a Malvinas.

Años después, aquella sábana terminó en una vitrina del Museo Histórico Nacional.

Una tarde, un chico le preguntó a su abuelo: Abu, ¿si Argentina ganaba la semifinal recuperábamos las Malvinas?

-No mi chiquito. Las cosas importantes no funcionan así.

-Entonces, ¿por qué guardaron la bandera?

El hombre observó la tela.

-Porque la historia nunca depende de una sola cosa. Pero a veces necesita que muchas cosas ocurran juntas.

Se alejaron. Dentro de la vitrina quedó la frase que en aquella historia ningún futbolista había levantado frente al mundo: LAS MALVINAS SON ARGENTINAS

¿Cuánto puede depender la historia de acontecimientos que nadie considera históricos cuando están ocurriendo?

Tal vez muy poco. Tal vez demasiado.

En uno de los futuros posibles Argentina había ganado. En el otro, había perdido. En ambos, las Malvinas seguían siendo las mismas. Lo que cambiaba era todo lo que ocurría alrededor.

Porque algunas veces la historia también depende de una pelota que entra o pasa junto al arco. Y de una bandera que alguien lleva doblada dentro de una mochila, esperando un momento que puede llegar.

O no llegar nunca.

 

(*) El Comité Editorial está conformado por un grupo de periodistas de EDFM. El desarrollo editorial está basado en su experiencia, investigación y debates sobre los temas abordados.

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