Punto de Vista – Opina Patricia Caporalin

Chicos abúlicos: la apatía y la adicción a la tele y la compu

02/06/2011
P
or la licenciada Patricia Caporalin.
Especial para el diario del Fin del Mundo
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La apatía, el desgano y el desinterés son síntomas habituales de la adolescencia, pero hoy quería compartir unas líneas sobre el tema, para poder estar alertas y descifrar cuándo estamos ante un caso más grave o bien, por qué no, poder prevenirlo.
Como dije, el desgano y la apatía forman parte del devenir adolescente y pueden responder a varias causas. A grandes rasgos puede ser una manifestación de la depresión adolescente, parte de la rebeldía o indicio de conducta antisocial.
Recordemos que la adolescencia es una etapa en la que los chicos tienen mucho trabajo que hacer, lo que los lleva a tener grandes montos de ansiedad, angustia e impulsividad. Tienen que hacer el duelo por el cuerpo de la infancia, desidealizar a los padres, definir su identidad sexual y vocacional, perfilar su proyecto de vida lejos de sus padres, cuando aún se sienten muy ligados a ellos y aceptar un único ciclo de vida. Todo un trabajo.
¿Qué pasa entonces con estos chicos que parece que están en una suerte de limbo? Chicos que pasan horas y horas frente a la pantalla de una computadora, televisor o videojuego como si el tiempo no existiera para ellos.
Precisamente el pensar para qué les sirve esta abulia, esta fiaca pertinaz, nos ha dado la pista: lo deseado por estos jóvenes es detener el paso del tiempo.
En el presente perpetuo no hay desafíos: no hay exámenes por rendir, no hay amigos que encontrar o con quienes competir, no hay duelos, no hay amenazas de pérdidas. Claro, tampoco hay ganancias ni logros.
El embotamiento de la conciencia que producen los videojuegos, así como también las drogas, atenta contra el registro del tiempo, y consecuentemente, con la construcción de un proyecto en el que el joven pueda verse.
Si bien es común a toda adicción, los videojuegos, al ser legales y estar en casa, pasan más desapercibidos porque incluso, muchas veces, cumplen la función de niñera que entretiene a los chicos mientras los papás están trabajando o haciendo la suya.
Una de las primeras características de los videojuegos es que siempre se puede volver a empezar como si nada pasara. Siempre tenés “tres vidas” o más, y siempre podés recomenzar el juego sin muerte real sino sólo reiteraciones de comienzos.
En la pantalla se produce un proceso similar al que Freud describía para la hipnosis: “un encadenamiento de la atención. Se trata de fatigarla mediante débiles y monocordes estímulos”. Las músicas monocordes y repetitivas de los videojuegos inducen un estado auto hipnótico que deconstruye el tiempo, genera la ilusión de que el tiempo no pasa.
Dejar de percibir el tiempo, hipnotizados en la rítmica y monocorde pantalla sin verdaderos desafíos vitales, protege a los chicos de enfrentar los estados afectivos propios de su crecimiento.
La estructura adictiva del jugador descualifica los estados afectivos para reencontrarlos proyectados en expresiones rítmicas o numéricas como las que aparecen en los video juegos: ritmos musicales, niveles de destreza, número de vidas, etc. Es similar a lo que se busca con las drogas: no registrar ningún esfuerzo que tenga que ver con las relaciones interpersonales ni con la apropiación de conocimientos, vivir en el “reino del entretenimiento” en una reiteración “ad infinitum” de lo mismo. Descreer del tiempo, es mantenerse en una posición infantil asexuada, con una profunda unión a una madre a la que se vive como único vinculo aceptado.
Precisamente es importante entender que estos jóvenes se mantienen unidos a una madre con quien más allá de que tengan tormentosas peleas, no logran dejar, buscando nuevos vínculos en su vida.
El padre aparece ausente psicológicamente, a veces por carencias propias, a veces desde la dificultad de la madre para aceptar dar lugar al padre, lo que significaría aceptar “no ser todo lo válido” para su hijo.
Vemos configuraciones familiares donde, por ejemplo, los jóvenes, con su desconexión atacan al padre que le exige que trabaje y estudie, aliándose entonces a una madre que pide que se lo “entienda porque está deprimido y no puede hacer nada”. Dejan entonces al padre en una posición de impotencia que incluso a veces termina manifestándose en estallidos de furia que luego son tomados como justificativos del “vos no lo entendés porque sos un bruto”.
Crecer es enfrentar emociones displacenteras, para poder lograr emociones placenteras con nuestros logros. Sacar a los chicos de las pantallas es enfrentar sus malhumores y desdichas, ayudándolos a asimilarlas para proyectarse en un ser para ellos mismos donde los padres perderán mucha cabida. Aceptar perder ese lugar para nuestros hijos sin abandonarlos ni vengarnos, es lo que los ayudará a perderle miedo a la vida y enfrentarla. Y largar el jueguito o la tele.
Ojalá.

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