Opinión

El imaginario del fin del mundo destruido con el olfato

19/05/2013
P
or Julio Lovece, especial para el diario del Fin del Mundo

¿Qué compra el turista cuando adquiere un viaje a un lugar distante de su lugar de residencia habitual? ¿Qué anhela encontrar en ese misterioso destino, objeto de todo un año, o quizás más, de esfuerzo y ahorro? ¿Qué imagina del lugar y desea disfrutar?
Interpretar más y mejor las respuestas, en función de ello, planificar el destino, es asegurarse la futura satisfacción del visitante y, sobre todo, ahorrar mucho presupuesto y esfuerzo en la promoción.
No se trata de responder fielmente a la imaginación de posibles visitantes con mentes afiebradas o el mayor desconocimiento de la región u obligarse a satisfacer las expectativas de turistas inexpertos que no saben apreciar diferencias de atractivos y culturas. Pero basta con analizar cualquier estudio sobre mercados potenciales, coincidentes con habitantes de grandes ciudades muy pobladas, con mucho cemento y escaso verde, para comprender que dichos ciudadanos desean hallar lo contrario a lo que viven o sufren cotidianamente.
Todos los resultados de encuestas y análisis sobre el imaginario que el turista potencial tiene de nuestra región, la más austral del mundo, contienen indefectiblemente las siguientes palabras: “naturaleza”, “naturaleza virgen”, “fin del mundo”, “aventura”, “leyendas”, etc.
Ahora bien. Si me lo permite el amigo lector, voy a proponerle un ejercicio utilizando la imaginación.
Luego de todo un año de trabajo y de convivir rutinariamente con la inestabilidad del clima fueguino, le pregunto: ¿qué sitio anhelaría para sus futuras vacaciones?
Cerremos los ojos e imaginemos ese lugar.
Es posible que encontremos las más insólitas y variadas respuestas, pero me atrevería a afirmar que 3 de cada 5 personas pensaron en un destino con clima cálido y mejor si es en una lejana playa. Si de eso se trata, vamos a incentivar aún más nuestra mente, la que nos llevará seguramente a playas de arenas finas y blancas enmarcadas en un mar turquesa, cómodas reposeras, una suave y cálida brisa que apenas entibia nuestra piel, protegida por las sombras de enormes palmeras. Casi lo podemos sentir. El aire cálido nos trae un perfume de dulce y refrescante vegetación.
Vamos a suponer que disponemos de los fondos para cumplir tan grato sueño. Contratamos todos los traslados y servicios. Nuestra ansiedad no nos permite dormir conforme se aproxima el día del viaje. Pasamos por Buenos Aires casi como un trámite más y en algunas horas llegamos a ese mundo con el que alimentamos nuestros sueños despiertos de todo un año. Nos alojamos en un confortable hotel, la recepción y la escenografía parecen estupendas.
Inmediatamente nos proponemos un escaso relevamiento por la típica y pequeña localidad, recorrer comercios, observar la oferta gastronómica, la cultura del lugar y, con todo entusiasmo, caminar por la costa para observar ese mar transparente y las playas estupendamente promocionadas.
Pero, a medida que transitamos las calles y su tradicional costa, comenzamos a sentir un persistente olor nauseabundo y descubrimos, azorados, desagradables caños que arrojan líquidos pestilentes en medio de tamaño paisaje, formando enormes charcos de aguas servidas. Gran parte de las palmeras fueron taladas y en su lugar se elevan vulgares edificios idénticos a los que vemos en nuestro propio barrio.
Si como corolario nos despedimos del lugar con una fuerte gastroenteritis, debido a la calidad del agua potable y dudosas filtraciones con cloacas que bajan hacia la costa, sin ninguna duda, no sólo jamás volveremos a dicho lugar sino que además no ahorraremos calificativos a la hora de “promocionarlo” entre nuestros amigos.
Eso es romper el imaginario turístico.
No debe existir peor promoción que un turista frustrado. Se deduce entonces que el colapsado sistema cloacal de nuestra querida ciudad, entre otros problemas ambientales y estéticos, ya no sólo molesta a nuestro acostumbrado olfato o pone en riesgo nuestra salud, también promete un daño económico de incalculable e irrecuperable valor.
No es objeto de esta nota señalar culpables. De alguna manera todos lo somos. Pero urge poner en marcha aquellas acciones que nos lleven a una solución definitiva. No hay mucho que teorizar, se agotó el tiempo para justificaciones o dilaciones. Nuestra salud, nuestro futuro y nuestro desarrollo socioeconómico, lo reclaman a gritos.
Cloacas en buenas condiciones y plantas depuradoras en permanente funcionamiento. Infraestructura de potabilización del agua adecuada y suficiente. Entre otras tareas.
Podemos disponer del más innovador, profundo e insistente sistema de promoción turística, la realidad es que cientos de miles de visitantes por año, se van con el recuerdo y el olor de nuestra bahía. No lo olvide, para romper definitivamente el imaginario de quienes nos visitan, basta con el olfato.

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