ío Grande atraviesa un momento delicado en su estructura económica. En una ciudad donde la industria no sólo organiza el empleo, sino también el consumo, la vivienda y el entramado comercial, cualquier sacudón en el sector productivo tiene efectos inmediatos y profundos. En los últimos seis meses, esas señales comenzaron a acumularse con mayor nitidez, encendiendo alertas que van más allá de lo estrictamente fabril.
Por un lado, la industria electrónica —principal motor del empleo privado— logró sostener la actividad durante 2025, aunque lo hizo apoyada en acuerdos laborales de corto plazo y en definiciones normativas que no terminan de despejar el horizonte. El vencimiento del acuerdo de estabilidad firmado entre empresas y la UOM dejó a cientos de trabajadores contratados en una zona de incertidumbre, con renovaciones atadas a decisiones que se toman fuera de la provincia y con escaso margen de previsión.
Este escenario no se tradujo aún en despidos masivos, pero sí en un clima de expectativa defensiva: menor rotación de personal, freno a nuevas incorporaciones y una lógica de producción ajustada al mínimo indispensable. En términos concretos, se trata de empleo que se sostiene, pero sin expansión y con alto nivel de fragilidad.
En paralelo, el panorama del sector textil es más crudo. Durante el segundo semestre de 2025 se consolidó un proceso de achicamiento que incluyó cierres anunciados, suspensiones y pérdida directa de puestos de trabajo. A diferencia de la electrónica, donde aún existen herramientas de contención, el textil muestra un retroceso estructural que golpea de manera directa a familias que dependen casi exclusivamente de esa actividad.
La consecuencia inmediata de este combo industrial es un impacto directo sobre el consumo interno. Río Grande es una ciudad donde el salario industrial dinamiza comercios, servicios, alquileres y pequeñas economías barriales. Cuando el empleo se vuelve inestable o directamente se pierde, el efecto dominó no tarda en aparecer: menos ventas, menor circulación de dinero y un comercio que comienza a trabajar en modo de subsistencia.
Comerciantes y prestadores de servicios locales ya advierten una baja en el consumo, marcada por compras más espaciadas, menor gasto promedio y una creciente priorización de lo esencial. No se trata sólo de una percepción: es la traducción urbana de un mercado laboral que dejó de ofrecer certezas y que condiciona el comportamiento cotidiano de miles de hogares.
A este cuadro se suma un factor clave: la falta de previsibilidad. En los últimos meses, la industria fueguina quedó expuesta a discusiones permanentes sobre costos, régimen de promoción, competitividad y apertura de importaciones, sin un marco claro de mediano plazo. Esa indefinición impacta tanto en las decisiones empresariales como en la confianza de los trabajadores, que postergan consumos, inversiones familiares y proyectos personales.
Así, el riesgo que enfrenta Río Grande no es sólo industrial, sino social. Cada puesto de trabajo que se pierde o se precariza reduce el consumo, debilita el comercio y erosiona la cohesión económica de la ciudad. Y cuando ese proceso se prolonga, los efectos se acumulan y se vuelven más difíciles de revertir.
En definitiva, los últimos seis meses dejaron una señal clara: sin políticas naque otorguen previsibilidad productiva y protección del empleo, la ciudad queda expuesta a un círculo regresivo donde menos industria implica menos trabajo y, en consecuencia, menos consumo. En una economía local tan dependiente del entramado fabril, el costo de no actuar a tiempo puede ser mucho mayor que cualquier ajuste coyuntural.