no se sube al auto rumbo a la Baliza Escarpados con una esperanza ingenua: llegar. A los cien metros, esa esperanza ya está debajo del chasis. Desde adentro del vehículo, la ruta no se ve: se siente. Cada pozo es un golpe al alma y a la alineación. El volante vibra como si tuviera opiniones propias, el tablero prende luces que no sabías que existían y el cuerpo adopta una postura defensiva, mezcla de yoga y accidente.
El acompañante deja de hablar; el conductor entra en trance. Nadie escucha música: escuchamos los ruidos, tratando de adivinar cuál es grave y cuál es “vendé el auto”.
Afuera, Playa Larga es postal. Adentro, es tragedia griega con amortiguadores. No se avanza: se sobrevive. Y cuando finalmente bajás del auto, no sabés si estuviste manejando… o siendo manejado por la ruta.