n el corazón de la calle San Martín, donde los idiomas se mezclan y las cámaras apuntan a todo lo que se pueda convertir en postal, Ushuaia decidió sumar una nueva atracción turística: un termotanque abandonado en la vereda.
No está señalizado, no tiene folletería, pero ahí está, imperturbable, frente a la puerta de un hotel céntrico, saludando a los visitantes en pleno pico de temporada alta.
El objeto no emite vapor ni promesas de agua caliente. Emite, en cambio, un mensaje mucho más claro: acá nadie se hizo cargo. Mientras los turistas sortean el artefacto como si fuera parte de un circuito urbano de obstáculos, el termotanque cumple una función simbólica notable. Representa la calidez que se pregona y la desidia que se practica. Una metáfora metálica del “después lo vemos”, versión fueguina.
La escena tiene algo de comedia involuntaria. Ushuaia se vende como destino premium, puerta de entrada a la aventura, a la naturaleza prístina y al fin del mundo… pero tropieza con un electrodoméstico fuera de servicio.
No es una instalación artística ni una performance posmoderna sobre el consumo y el descarte. Es simple abandono, del más literal.
En una ciudad que vive —y sobrevive— del turismo, estos gestos mínimos hablan más fuerte que cualquier campaña de promoción. Porque no hace falta un basural a cielo abierto para arruinar una imagen: alcanza con un termotanque tirado en la vereda y la indiferencia de quien debía levantarlo. El fin del mundo puede ser fascinante; el fin de la responsabilidad, no tanto.