Tierra del Fuego, se acepta tarjeta
El sur convertido en activo estratégico

Tierra del Fuego, se acepta tarjeta

Una ficción editorial de EDFM
20/01/2026
C

uando la soberanía se discute como costo fiscal y el territorio como oportunidad logística, el fin del mundo empieza a cotizar en otra moneda.

 

La pregunta empezó como un chiste en voz baja —de esos que circulan en cancillerías cuando nadie quiere dejar registro— y terminó convertida en una hipótesis incómoda: ¿y si la lógica de Groenlandia era apenas el prólogo y el verdadero movimiento estaba en el Atlántico Sur?

En Washington, el poder no se piensa en términos de banderas sino de corredores. Rutas marítimas, proyección militar, control de recursos, logística antártica. En un mapa donde el siglo XXI vuelve a escribirse con coordenadas, Tierra del Fuego aparece como una bisagra: provincia argentina, sí, pero también puerta a la Antártida, extremo táctico, balcón geopolítico sobre un mar que no es solo mar.

La idea, en esta ficción demasiado plausible, no llega envuelta en uniformes ni en discursos bélicos. Llega con palabras que suenan a paz: cooperación, seguridad, control ambiental, interoperabilidad. La nueva forma de apropiarse de un territorio no es tomarlo por asalto; es administrarlo por contrato.

Donald Trump ya ensayó ese libreto con Groenlandia. Presentó la geografía como un problema de seguridad nacional, invocó a Rusia y China como amenazas inevitables y dejó flotando un mensaje que en su estilo parece espontáneo, pero funciona como doctrina: “si no lo hacemos nosotros, lo harán otros”. Ese mecanismo convierte la ambición en prevención y la expansión en defensa.

Tierra del Fuego, entonces, aparece como el siguiente capítulo natural.

Todo comienza sin anuncio formal. Una secuencia de visitas. Altos militares norteamericanos, avalados por el gobierno Nacional sin siquiera la participación protocolar de autoridad provincial alguna recorriendo la Base Naval de Ushuaia con tono técnico y gestos estudiados. No llegan a “evaluar soberanía”, llegan a “evaluar capacidades”. No hablan de control, hablan de estándares. En los registros públicos queda lo obvio: reuniones, fotografías, palabras diplomáticas. En el subtexto queda lo importante: cuando los generales vuelven, ya no es cortesía. Es interés. Y cuando el interés se repite, se vuelve plan.

La Base Naval de Ushuaia se transforma en una pieza de tablero. Un lugar desde donde se puede mirar el Atlántico Sur y, más lejos todavía, el acceso a la Antártida. En el lenguaje internacional eso se llama “posición estratégica”. En el lenguaje real se llama ventaja.

El primer borrador del proyecto aparece como rumor persistente: una “Base Naval Integrada” con apoyo norteamericano. Nadie la presenta como base extranjera, porque esa palabra activa alarmas históricas. Se la disfraza con el vocabulario contemporáneo: centro logístico combinado, instalación de uso compartido, cooperación multinacional. Es el tipo de acuerdo que parece técnico hasta que alguien lee el apartado sobre control operativo, zonas restringidas y administración de accesos.

La trama se vuelve más delicada por un factor local: el gobierno libertario de Javier Milei. No porque Milei entregue nada —la ficción no necesita un acto grotesco— sino porque su relación con Trump reduce fricciones. En esta historia, (y en la realidad también) Milei no ve a Estados Unidos como potencia a equilibrar sino como modelo a imitar, y a Trump no lo trata como interlocutor incómodo sino como aliado natural, parte de una misma familia política internacional.

Y cuando el alineamiento ideológico se vuelve brújula, hay temas que pierden urgencia. Tierra del Fuego, además, arrastra una vieja incomodidad con el poder central: la sensación de estar lejos, de ser periférica, de ser discutida como gasto antes que defendida como activo. En los pasillos provinciales se comenta que Buenos Aires recuerda a Ushuaia cuando hay un acto, pero la olvida cuando hay presupuesto.

Esa distancia resulta funcional para el guion norteamericano. Porque la apropiación moderna se apoya en un principio simple: no se ocupa lo que está defendido, se ocupa lo que está desatendido.

El disparador definitivo llega como siempre: un informe filtrado. Versiones sobre mayor actividad de potencias extrahemisféricas en el Atlántico Sur. Alarmas sobre pesca ilegal y tráfico marítimo no controlado. Preocupaciones por infraestructura portuaria exagerando nimiedades. Campañas de desinformación pretendiendo mostrar un estado de situación crítico en el ámbito provincial que solo leen los porteños y algunos políticos conversos. Lo importante no es si el informe es preciso. Lo importante es que instala un clima: el sur como amenaza.

En esa atmósfera, Trump hace lo que mejor sabe hacer: convierte la discusión en titular. Publica un mensaje seco, casi empresarial.

“Argentina es un gran país, pero la provincia de Tierra del Fuego es demasiado importante para el mundo libre”.

La frase funciona como golpe de escena. No dice “anexión”. No dice “ocupación”. Dice “importante”. Y esa es la palabra que abre la puerta: si es importante para el mundo, entonces el mundo tiene derecho a intervenir. Si Argentina no puede sola, alguien debe ayudarla. Y si alguien ayuda, alguien manda.

La respuesta argentina es tibia, calculada. Un comunicado correcto, sin escalada. Milei evita confrontar con Trump: no quiere quedar del lado de “los antioccidentales”, no quiere sumar un frente en plena obsesión por la macroeconomía, no quiere que su proyecto político se vea interrumpido por una disputa de geografía lejana. Trump lee ese silencio como consentimiento.

En paralelo, llega la oferta: inversión. Modernización. Tecnología. Empleos. Un hub austral que promete convertir a Ushuaia en capital logística del sur. Todo suena a desarrollo. Y lo es… con una condición: la llave del desarrollo la tiene Washington.

El acuerdo se firma con nombres elegantes: memorándum de cooperación estratégica, protocolo de seguridad marítima, convenio de apoyo antártico. En los anexos aparecen los detalles reales: perímetros, acceso restringido, coordinación técnica, supervisión conjunta. El tipo de letra es pequeño, pero la consecuencia es enorme.

En los medios, el debate se degrada rápido. Unos gritan entrega. Otros gritan modernización. El oficialismo acusa a la oposición de atrasar el país con romanticismo soberanista. La oposición acusa al gobierno de someterse por afinidad ideológica. Y mientras discuten, el cambio ocurre en el terreno: equipamiento, personal técnico, infraestructura bajo reglas nuevas. No se ocupa un territorio; se ocupa su función.

Con el tiempo, Ushuaia se vuelve una rareza: argentina en el mapa, internacional en la operación. La Base Naval sigue teniendo bandera celeste y blanca, pero las decisiones críticas —quién entra, quién sale, qué se monitorea, qué se reporta— empiezan a responder a un esquema compartido donde la parte fuerte siempre pesa más.

La historia termina con una frase escrita en un documento que nadie lee completo:

Tierra del Fuego: zona estratégica de operación conjunta.

No dice colonia. No dice anexión. No dice conquista. Dice “conjunta”. Y esa es la trampa contemporánea: la soberanía no se pierde en un día, se diluye en etapas.

Porque lo más inquietante no es que Trump quiera un territorio. Eso, en su lógica, es coherente: el mundo como inventario de activos estratégicos. Lo inquietante es que encuentre condiciones perfectas: visitas militares que normalizan presencia, proyectos “integrados” que anestesian el conflicto, un gobierno argentino alineado que reduce resistencia, y una provincia tratada como periferia fiscal antes que como llave geopolítica.

Al final, la pregunta ya no parece broma.

Parece ensayo.

Y en política internacional, cuando algo se ensaya suficientes veces, tarde o temprano se ejecuta.

En el siglo XXI, pensó alguien en Ushuaia, no se pierde un territorio en un día.

Se pierde como se pierden las cosas importantes: sin escena final, sin disparos,
y con demasiada gente convencida de que no estaba pasando nada.

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