ender pescado fresco en la vía pública suma una capa más: la del control que no controla. El pescado está ahí, a la vista, custodiado por la fe del vendedor y la intuición del comprador. Nadie mide la cadena de frío, pero todos miden el precio. Nadie pregunta papeles, pero todos preguntan si es del día. Falta control, dicen, como si el control alguna vez hubiera llegado temprano. Y el pescado, mientras tanto, sin venderse, esperando que pase algo: el inspector, el cliente o la noche. Porque en la calle todo es así: provisional. El Estado aparece en la heladera prestada, con un logo que ya no sabe qué fiscaliza. El control es una idea abstracta, como la soberanía o el orden. Acá manda el ojo, el olfato y la costumbre. Y el pescado fresco se vuelve un acto de confianza mutua en un país donde casi nada lo es. Si nadie controla, todos sospechan. Y aun así, alguien compra. Porque peor que el pescado sin control, es el país sin nadie que lo mire.