urante once días consecutivos, la luminaria pública de un sector de la ciudad decidió no acompañar el ciclo natural del planeta y permanece encendida a toda hora. Pese a los reiterados reclamos a la DPE para advertir la anomalía, los faroles siguieron firmes, iluminando mañanas, tardes y siestas, mientras la ciudad atraviesa una crisis estructural en la generación de energía. El derroche no es menor. Cada hora de luz innecesaria se traduce en consumo evitado que no se evita, justo cuando se pide a vecinos y comercios “uso responsable”. A eso se suma el detalle técnico: las lámparas, diseñadas para ciclos razonables, envejecen aceleradamente. Se queman antes, se reemplazan antes y cuestan más. El resultado es conocido: mayor gasto operativo, más presión sobre un sistema energético frágil y la sensación persistente de que, para la DPE, la noche puede apagarse, pero la ineficiencia nunca.